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lunes, julio 4, 2022
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Fábulas y proverbios

Hay cosas que se aprenden con el tiempo. El Estado Democrático de Derecho no fue una concesión graciosa de los poderosos; aunque se haya intentado ocultar, fue una conquista de movimientos jornaleros y obreros tras siglos de fricciones y profundas violencias. Hace tiempo que la gestión política del mercado logró matizar la lucha de clases con el vermut de los domingos – entre gambas y calamares –, superando “sentimentalmente” los conflictos sociales con un discurso de tolerancia y el acceso a buenas hipotecas, mientras se camuflaban los sueldos de ejecutivos, banqueros y altos funcionarios.

La brecha de lo inmoral sigue pisando fuerte por mucho que quieran vender una pedagogía del cambio que ha pasado de ser un valor social  a un eslogan más de las campañas electorales. El progresismo dejó de existir cuando se puso en el centro el “bienestar” en detrimento de la “justicia”, cuando nos quedamos interpretando al mundo en vez de dar pasos para transformarlo. Como plantea Ariel Rubinstein en la teoría del juego, el “pensamiento estratégico” es más útil para deshacer injusticias que cualquiera de sus modelos matemáticos.

La nueva economía ofrece otra versión sobre las arbitrariedades; Michel Sanders la ha bautizado como la retórica del ascenso, una especie de espejismo mezquino que en aras de la igualdad de oportunidades coloca a las clases medias como vencedoras frente al fracaso del precariado. Se ha ido colando la promesa de que es posible ascender socialmente, llegar a la conclusión de que conseguir cierto éxito es el premio del propio esfuerzo y del talento, un  lugar –como las universidades- donde se procura fomentar todo lo que resulta en sí mismo interesante, estético, intelectual, y no necesariamente lo que resulta directamente beneficioso; una lógica corrosiva que sitúa a los atrapados, que a duras penas se mantienen, en culpables de sus actos (no de su realidad), imponiendo una desmoralizadora sensación de menosprecio. La tiranía del mérito representa una enorme zanja que pone a flote la polarización entre distintas comunidades y el bien común, induciendo a un grupo con suerte de vivir en una sociedad que cultiva y premia las aptitudes, hacia un perfeccionismo soberbio y arrogante, que de vez en cuando luce en fotos solidarias en sus particulares catequesis para cabreados.

La igualdad de oportunidades es un factor razonablemente necesario, pero no es el ideal adecuado para una sociedad buena; es una fábula que nos permite ver una situación de la vida desde un ángulo alternativo al consumista, y eso tal vez llegue algún día a influir en nuestras acciones o en nuestro juicio cívico, pero el problema es que nunca se ha llegado a la equidad.

Francesc Reina

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