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jueves, diciembre 7, 2023
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Agua, plegarias para que llueva justicia

A Gustavo Duch por sus ideas.

El enriquecimiento es la obsesión del productivista, el abuso por una parte y la permisividad por la otra son dos flancos que arropan sus actividades preferidas. Ya no son sólo ríos y embalses, es que están acabando con lo que no se ve. Aunque llueva, su hambre de agua no se sacia; viven los límites como un obstáculo para su libertad – cuando toda libertad requiere de límites – Pero se ensanchan los errores y en lugar de reconocer la situación y buscar soluciones frente a la sequía, siguen apostando por inyectar fondos públicos para la modernización de regadíos triplicando las cosechas para vender más (unos), gastando más (otros). Los casos de Huelva, Almería, Málaga, el Delta, Lleida, son paradigmáticos, a la vez que premonitorios de lo que puede suceder en poco tiempo. Cuando se supo que las macrogranjas requieren 15 mil litros de agua por cada kg de carne de vaca, se movilizaron empresas con un gran poder en medios de comunicación, publicidad e influencia en la Administración para echar tierra a esos comentarios.

Pero esto está ocurriendo en todas partes, demasiados testigos. La agricultura y la ganadería industrial son corresponsables de desequilibrar el ciclo del agua y la calidad del aire; su agotamiento es una cascada de despropósitos que precipita la muerte de plantas, insectos, aves, herbívoros y omnívoros…

Para acabar de arreglarlo todo, hace tiempo que algunos le echaron el ojo al agua del continente que más sed está sufriendo: África. La organización Grain (Nobel de ecología) habló de suicidio hídrico al documentar los trágicos costes ecológicos y sociales que todo el mundo sabe y que acaban donde todo el mundo sabe. La guerra por el agua no tiene freno, se trata de un terrorismo empresarial con la connivencia de instituciones políticas, caracterizado por una gran violencia manejada desde los despachos (la paradoja está en la criminalización de las acciones de desobediencia civil no violenta realizada por organizaciones que denuncian estos hechos y que son tratadas de terroristas; la represión al campesinado en Francia por protestar contra las megabalsas, por ejemplo). El cuarto lago más grande del planeta se ha quedado sin peces porque lo secaron los codiciosos de siempre. «No se puede rellenar el mar de Aral con lágrimas», dice el poeta Muhammed Salikh. Desde que se pudo comprar y vender ya no llueve.

Los límites del crecimiento es un estudio semiolvidado que lideró Donella Meadows hace más de 51 años en el que se sugería aquello que ya decía Mark Twain, «no se puede fabricar más». El agua dulce, igual que el petróleo, los cereales o la tierra fértil, son una inversión especulativa de los mercados que representa las horas más ruines de nuestra era, un ataque a la dignidad. Todo anda conectado y lo que se hace mal sale mal. En su libro «Homo Deus», el pensador Noah Harari argumentaba que por primera vez en la historia, mueren más personas de obesidad que de hambre, ¿cómo serán de verdad los alimentos que comemos?

Las  agriculturas y ganaderías tradicionales ya se adaptaron a su disponibilidad para decidir lo que cultivar en el secano, en los humedales o en las riberas de los ríos. A eso se le llama respeto inteligente. ¡Qué va a ser de nuestras democracias! Existe un muro contra el que se estrellan constantemente las necesidades más básicas del ser humano en su compartir con la naturaleza. Bastaría con recuperar ciertos valores que fueron desplazados por una falsa idea de progreso. Sigamos los principios de lo apropiado, a través del tacto, la vista, el oído, el gusto o el olfato (la educación social lo explicó, también, allá por los años 70): que la razón no suplante nuestra animalidad, esa forma de relacionarnos con el tiempo y los entornos.

Francesc Reina

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