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sábado, agosto 13, 2022
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Mapas rotos

En la estricta intimidad, el que fuera presidente de EEUU, Teodoro Roosevelt, comentaba agradecido: “creo que este país necesitaba una guerra”.

En el Irak acosado por los gobiernos de Norte América, Inglaterra y España, las palabras de Alejandro Magno no fueron tomadas en serio: ”no es duradera una dominación cuando se consigue con la espada, en cambio, con el agradecimiento, los beneficios son eternos”.

Para los expertos en la industria del aniquilamiento, masacrar a un tercio de la población invadida es el lote adecuado para «pacificar» a un pueblo durante un período suficientemente largo y asegurar el poder. Las grandes naciones de Europa reconstruyeron sus principios -y sus estrategias- gracias a su capacidad de reconocer “contradicciones” y aprender de ellas.

Pero el imperialismo no ha acabado. La teoría de la crisis abarca desde la Antártida al Ártico, los Andes, la Amazonía, los ríos Níger y Congo, el Nilo, Indú Kush y el Himalaya donde nacen los grandes ríos de Asia, los altos del Golán, el delta del Danubio; siguen siendo manjar para depredadores y nido de violencias.

El colonialismo ha justificado sus acciones sosteniendo que los pueblos a los que someten incumplen el mandato bíblico del crecimiento. Occidente, el norte, es la civilización que trabaja la tierra y la vuelve productiva: “actuaremos contra los Estados irresponsables y fallidos, incapaces de administrar los cada vez más agotados recursos por culpa de sus fundamentalismos”, comentaba Biden. La religión organizada tiene mucho poder, no se limita a marcar las reglas a sus fieles sino que opinan cómo deben comportarse los demás.

Pero el progreso no era esto. Las miradas se clavan en la historia con sus malditos grabados. La tecnología del hambre sigue llenando el  stock de una pobreza que mata, a su paso, animales y plantas con la contaminación de sus maquinarias, arrebata tierras a las poblaciones que las han cuidado con respeto.

Anales de la derrota, catálogo de días crueles, crean un clima de temor y angustia para que la tecnociencia militar siga manteniendo inversiones gigantescas y encuentre mercados que aireen las guerras.

Francesc Reina

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