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miércoles, mayo 29, 2024
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Pensiero debole

Nuestra  razón acostumbra a estar sujeta a una serie de fallos que pueden afectar la forma en que tomamos decisiones. Ocurre en nuestro cerebro, sufrimos una desviación conocida como sesgo de negatividad; la explicación es que prestamos mucha más atención a las cosas negativas. Un lugar cambia por completo dependiendo de nuestros recuerdos, nuestro estado de ánimo puede alterarse según la información que nos llega del exterior.

Los hechos son cosas aburridas y banales, inútiles sin una contribución cargada de sentimientos; además, los datos se interpretan cuando vienen acompañados  de imágenes del pasado y mucha, mucha actividad inconsciente. Esto decía Gianni Vattimo (se ha ido para no volver un gran pensador), comentaba que una imagen puede significar algo en un contexto determinado pudiendo ser diferente en otro momento, es decir, que puede tener más de un significado. Nos pedía ser meticulosos para que no se creara confusión ni malentendidos. En su Etica de la interpretación defendió las expresiones abiertas: que discuten, describen y concluyen en sentido amplio, sin recurrir a una autoridad que desprecie al otro. Sugirió las prácticas flexibles que aceptan el principio del diálogo alejándose de clasificaciones sectarias (todo lo contrario a la máxima de que frente a un axioma debes callarte, permanecer con la boca abierta, aceptar -la superficialidad- de la veracidad absoluta).

Últimamente asistimos a tendencias  que justifican políticas contrarias a las democracias maduras, que defienden el mando social para instalar a príncipes que reclaman su autoridad dominante sobre unos  súbditos condicionados a sus intereses. Cuando la Iglesia de la Edad Media y del Renacimiento quemaba a los herejes lo hacía en nombre de la Verdad; incluso las guerras recientes se hacen para reivindicar los derechos de un grupo determinado, donde se dice: “nosotros sabemos lo que es bueno para los demás”, y  empiezan a tirar bombas. 

Observamos en los medios, con preocupación, cierta crisis de valores, violencia lingüística, discriminación en las conversaciones, falta de educación, fanatismo tras dudosas apreciaciones… Porque una opinión se convierte en certeza cuando logra la suficiente tolerancia sobre comportamientos, actitudes y convicciones sin obligar a nadie. Los griegos ya aclaraban que la democracia corría el riesgo de convertirse en demagogia cuando se gana con halagos, el favor popular sin una acertada reflexión.  Hoy por hoy, no se atisba una ideología que consiga convencer a la gente corriente de que vale la pena empujar las ideas para ponerlas al servicio de un horizonte  más justo (aunque Saramago, por otras razones, acabó comentando que, si pudiera hacerlo, suprimiría del diccionario la palabra utopía).  El problema se ha hecho estructural, la cultura no corre sólo entre libros, periódicos o en los colegios, los mensajes se mueven por la televisión, y ahora, también por la red de influencers.

Hace poco que un grupo de personas nos hemos encontrado para rescatar retazos de conocimiento intentando practicar el arte de mirar. Conversar, debatir, comunicarse, son esos intentos imprecisos, pero necesarios, para encontrar un margen común de consenso alrededor de las cosas, pero no a cualquier precio; las palabras pueden acabar agotándose, incluso enfermar: ceder no es lo mismo que consentir y aún menos doblegarse. En la estrechez del narcisismo, generar acuerdos puede ser algo que se haga de cualquier manera cuando está de moda. No hace mucho que, a propósito de la educación formal, se comentaba que nunca había existido una oferta-demanda tan densa alrededor de la gestión de conflictos en las escuelas; contrastaba la noticia con los peores indicadores de malestar y conflictividad infanto-juvenil en nuestra época. Se preguntaban en ese estudio si las buenas prácticas interpretaban correctamente sus intenciones, sus valoraciones y sus conclusiones, ya que las herramientas son variables, renovadas y múltiples. Además, no podemos olvidar que promover comunidades más informadas tiene mucho que ver con proveer a la ciudadanía de espacios de confianza no-formales, entornos manejables para fomentar el dialogo y el pensamiento crítico. 

Habrá que observar muy de cerca si bajo las prácticas resilientes no se esconden propósitos de domesticación y aceptación incondicional de ciertos discursos. El pensamiento débil no es una inseguridad en sí mismo sino una teoría sobre la inconsistencia moral de los absolutismos. Vattimo propuso reducir las conformaciones fuertes del poder,  poner remedio sobre la destrucción de la naturaleza; en definitiva, acudir a la generosidad del pacifismo donde enseñar y aprender a pensar,  se presentan como una propuesta válida.

Francesc Reina

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