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Sant Adrià de Besòs
sábado, enero 16, 2021

Fuego

Hace 3 años que el gallego me comentó desde su huertecillo improvisado: “esto no va bien”. Se refería a sus vecinos alegales. A Diego no le gustaban las muchedumbres, el ruido y  tanto movimiento;  tal vez por eso,  al  fin, lo atendió aquel ángel que a menudo reclamaba. Dejó huérfanas algunas coliflores, coles y espinacas, lo encontraron frito una noche de helada.

El arte de la supervivencia es la suma de quilómetros de piel a lo largo de este teatro angustiado en formas de vida honda y cruel que discurre indiferente por mares e islas desventuradas, en espacios de reclusión y condena. En la nave infernal se impone el castigo de fuego: Dios y el Diablo en conjunción idéntica, renovada, mano a mano, buscando en la noche el reflejo de un  tiempo remoto, “el pecado de la impúdica desnudez, la abundancia de ociosidad, partituras lascivas en pos de vicios y fascinación por el mal”, maldiciones resumidas en el Catecismo que se canta en ciertos lugares. Pero en los escotes del invierno, sin calefacción, el aliento huele a descomposición mecida por una música amarga. Hazañas en la miseria. Un trapo de gasa  arde sin llama chamuscándose lentamente, cae junto a un montón de ropas, una sábana sucia se desgarra en lluvia de chispas confusas, huele a aceite hirviendo. Hay quienes saltan por las ventanas para no seguir atascados en las escaleras. El tizne borra las imágenes. Jirones de cartón flotan en el extremo de las llamas y caen sobre la galería repleta de gente amontonada que grita atascada, arrastrada entre remolinos. Sombras que se alargan hacia una destrucción que se aproxima, impune, girando en  vértigo loco, en un halo de irrealidad; danza macabra bajo un cielo infinito que concede a las conciencias una profunda pregunta.       

Llegan las dotaciones. Un esplendor de humo es la estampa de signos negros en el cielo. El secreto se desvelará tras el empeño maquinal de una prótesis, el dron que alumbrará la verdad implacable de esa pesadilla que arrancó hace años bajo la conjura de una lucha desigual. 

La vecindad, antes notarios de la amenaza, ahora ya, forenses del derrumbe. En sus ojos habitan pasiones diversas, en algunos, la ferocidad córnea del momento, iris estremecidos por la pena, pupilas de rabia; parpados cansados, retinas de desamparo y, luego, el tedio que acompaña el final del horror.

Fuera, buscando sentido al sinsentido, alguna mentira blanca poco elaborada, una media verdad inadecuada por partidista… Otras cosas definen, afortunadamente, a la política y a la religión. Un malestar largo tiempo cortejado dejará temores y dudas cuando todo se reduzca a cenizas frías, el triunfo de los fantasmas.

Francesc Reina

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