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miércoles, abril 17, 2024
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Western

El Western es un género de cine que narra la emigración hacia el Oeste norteamericano a mitad del s. XIX. Destaca la imagen de pistoleros, asesinos profesionales que se ponían del lado de quien les hiciera la mejor oferta, contratados por ganaderos que imponían sus intereses económicos en lo político y social. Los modestos agricultores, vecinos y comerciantes, para defenderse, hacían lo propio contratando los mismos servicios de pistola rápida y buena puntería (una forma de hacer justicia a tiro limpio), en medio, los sheriffs, empleados públicos con escasa paga, y un juez, senador o gobernador, que en ocasiones solían estar del lado de los terratenientes.

Ciudades sin ley: asaltos a bancos, trenes y diligencias. Caravanas de colonos, indios expulsados de sus tierras (una cuenta pendiente con la historia), el ferrocarril… Manadas de búfalos, vaqueros sin rumbo (todo un símbolo), guías; la fiebre del oro, cazarecompensas… Duelos y tiroteos en el Saloon (lugares para alegrar la vida donde no era raro perderla entre bailarinas y jugadores de póker). Linchamientos, venganzas; fuertes militares, el Pony Express, el telégrafo, los tramperos… Una época muy violenta donde primaba el caos, mucho alcohol y muy poco respeto por la vida.

En nuestro avance como especie se han creado nuevas formas de criminalidad, pero parece que se mantiene un hilo común. El western ha dejado huella sobre la naturaleza social de los grandes protagonistas de la violencia, como comenta el doctor Andrés de Francisco, donde se abordan problemas esenciales entre el bien y el mal, allá donde los señores imponían la ley del más fuerte. La virtud y el vicio, la ley y el delito; el odio, la codicia, la capacidad para causar dolor con un doble criterio: dominadores y dominados.

Entre la tradición y el progreso se mantiene vivo el desengaño, el genocidio, la imposición de culturas, la oligarquía del petróleo, el señor feudal que nos traería de la mano al abogado, muchas veces integrado en la élite.

A pesar de tener muchas herramientas, sigue estando a prueba que la gestión del bien común tenga como eje la libertad. A la necesidad de derechos siempre se le ha opuesto la feroz resistencia del privilegio. Así lo comentan Levitsky y Ziblatt poniendo en duda el principio de que una minoría acepta a la mayoría: las democracias están encadenadas a la tiranía de instituciones contramayoritarias que impiden a los gobiernos legítimos el desarrollo de laigualdad, con lobbys económicos de superderecha, nacionalismos blanco-cristianos, una justicia ideologizada y semidioses legislativos. La gobernanza se intuye rehén de grandes empresas transnacionales que aprovechan la falta de regulaciones para vulnerar recursos colectivos, para dañar la seguridad del futuro.

En el sector privado, los servicios financieros y la banca son muy denunciados por abuso y acoso a la población, siguen en auge los fraudes en sanidad, telecomunicaciones, en el transporte, el turismo y el ocio; no paran de sabotear a la gente común, por muchas Oficinas Municipales, Direcciones Generales, Juntas Arbitrales, Asociaciones de Consumidores, opciones que, normalmente, nos fuerzan a acudir a los Tribunales y pagar los costos, o tirar la toalla.

La cosa pública no sólo está hecha de razones y palabras. La soledad (un auténtico mito del far west) es el precio de una supuesta autonomía ante modernas pistolas con balas cargadas de burocracia, puertas giratorias, tráfico de influencias, blanqueo de capitales, cohecho; un sistema de violencia sutil que tensa la relación entre Estado, individuos y sociedad. Suena de fondo la canción Ayuda, de la Pérez Cruz.

Francesc Reina

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