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miércoles, abril 17, 2024
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Turbación

La dimensión lúdica del entusiasmo solía coincidir con la expresión latina pan y circo, concepto con diferentes interpretaciones según el modelo moral. Ciertos sectores, por ejemplo, aprovechan el shock de las adversidades o el de las satisfacciones, según les convenga, para atacar a las  instituciones.

El oído es el órgano del miedo, escribió Nietzsche, se desarrolló más en la noche pues fue el modo de vida más prolongado de la humanidad. Él lo llamaba imaginación, el despertar de las tinieblas. Con la luz, el oído ha ido perdiendo peso, pero durante muchos siglos las historias solo se escuchaban. Ahora los pulmones vuelven a estallar con voces agudas, gritos atropellados, ruidos molestos -como batallas ensordecedoras- que convierten al oído en un órgano de irritación. Los cerebros desarrollados necesitan silencio en la misma medida que las cabezas huecas solicitan ruido, decía Schopenhauer: “la gente que no reacciona frente al ruido, tampoco puede ser receptiva al pensamiento: la poesía, el arte, el razonamiento…”

Pongamos orejas al susto, a ese instinto que, a menudo, nos hace actuar sin darnos cuenta; se trata de emociones desproporcionadas ante el espanto que producen las hambrunas, la sequía, las pandemias o las guerras, que provoca éxodos, persecuciones, campos de exterminio (ahora de refugiados), el apocalipsis nuclear… Una de las claves para superarlo sugiere rodearnos de buenos entornos.

El temor a perder privilegios hace regresar el griterío y la alarma con mensajes groseros, ocupados en exagerar la realidad, generan inseguridades (somos cobijo de drogadictos, okupas y ladrones…). Demagogias que vaticinan nuevos desórdenes y nos ofrecen una falacia narrativa como comentó Nassim Taleb: el riesgo de recibir explicaciones simplificadas, reducidas  (frames), que niegan la distribución dispar de la abundancia, las comunidades justas o los derechos en el trabajo; que rechazan “la tiranía” de mandatos progresistas (como pasó en el 36), el feminismo violado, que utilizan al extranjero musulmán, romaní o negro como chivo expiatorio para atizar odios y ansiedades. “Si no puedes convencerlos, confúndelos” arengó Truman, la presidencia peor valorada de la historia norteamericana.

La razón y la emoción son complementarias, ambas nos ofrecen la posibilidad de tomar decisiones, pero las mentiras se combaten con la verdad: con la influencia (no la manipulación), a través de la capacidad de convicción, de análisis, de valorar los resultados que arrojan diversas propuestas; a pesar de todo, cuando se invierten millones para dar altavoz a algunos medios y redes, la verdad ya no tiene ningún valor.

“Las personas nacen libres pero andan por doquier encadenadas”, así comienza  el Contrato Social de Rousseau; nos recuerda el frágil equilibrio de la democracia, la retórica de los gobiernos cuando hablan de solidaridad y cooperación y que se contradice con las profundas desigualdades sociales: precariado frente a la riqueza indescriptible de los multimillonarios, el cuidado de la infancia o los ancianos que siempre pagan las mujeres (qué dura película: A tiempo completo), el retroceso escolar de hijos de familias desfavorecidas (desalentador el informe Foessa); las consecuencias de una mala gestión sanitaria para la salud… La concentración de poder en manos de unos pocos científicos, agencias de control de datos, élites políticas y económicas, se convierte en timón de los más fuertes, de los que lo controlan todo.

“El ascenso de la extrema derecha encuentra argumentos cuando la autoridad no puede desarrollar su legitimidad porque ofrece protección sólo a algunos”; eso puntualiza la profesora albanesa Lea Ypi, que las democracias recuerden que el contrato social significa eliminar las desigualdades que provocan la opulencia y el dominio. 

Francesc Reina

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