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lunes, junio 17, 2024
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Fronteras

Las lineas de la superficie se ven mejor desde lejos, desde la distancia, tomando cierta perspectiva, así lo escribiría Ítalo Calvino para expresar, tal vez, la sensación que acude cuando se acerca algo desconocido. Sin embargo sería bueno no confundirnos demasiado: mirar desde lejos puede ayudar a entender mejor, pero últimamente la capacidad de distinguir se encuentra algo abandonada, pues las interpretaciones, sea con buena disposición o con inquina, suelen condicionar nuestras formas de ver. Así pues, mirar al horizonte, depende de la perspectiva de cada uno; pasa como con las fronteras.

Las líneas divisorias son límites que no hace falta buscar muy lejos, están al doblar la esquina,  cerca; no son nada ejemplares, están ahí, fueron abandonadas lo indecible años atrás. Espacios que sufrieron violencias indefinibles como en aquellas tierras del lejano oeste donde lo que se llevaba era la ley del más fuerte, tierra adversa; lugares impenetrables donde hubo gente que se organizó para buscar la dignidad mientras que otra no pudo con aquellos no-lugares, demasiado grandes para ser explorados, demasiado pequeños para entenderlos, mares a la deriva donde se albergaban los sobreexplotados, hostiles o resignados. Ahora sus tripulantes llevan, casi todos, el tatuaje del bienestar social.

Los enamorados de la democracia en busca de un oficio para toda la vida, llevan años proclamando que hay que acabar con las lindes. Desde su tarea echan mano de expresiones y posturas lejanas, deseos que, tocando de pies en tierra, tienen que ver con derechos que no pueden defender. Lo que no funciona se perpetua, y así ocurre. Tan lejos de la vida cotidiana, suelen manifestarse entre estructuras jerárquicas nada participativas, sin trabajar transversalmente con otras políticas, van cavando trincheras en sus reinos, mirando de reojo al rival. Los nuestros y los otros, los que nos gustan y los de fuera, y luego están los narcisistas fomentando territorios de beneficencia sin  propuestas para enriquecer entornos y reconocer a las personas. Entran en sus salones y se encierran, rara vez traspasan otros confines…

Coordinadoras, directores, jefes de ésto y aquello, técnicas de diversos niveles, administrativos y contables que van opinando sobre diversos encargos, horarios, funciones o responsabilidades…  Somos de donde vivimos, sumergidos en las miserias de las cosas pequeñas, de las torpezas y mezquindades entre la envidia y el desprecio, pasan cinco-diez-quince años y algunas se van para que vengan otros, la mayoría se quedan, nos quedamos, y al lío otra vez. Polifonías de una época de construcciones silenciosas, desnortadas, atravesadas por lo más feo. Ahí, andando en la niebla, desenredando el tiempo sin apreciar la justicia entre lo injusto: los vulnerables, los que no tienen todos los papeles, “que vengan cuando se les dé cita…” ¿Donde están las nuevas oportunidades, cómo adecuarse a otras formas de vida menos “sanas”, diferentes. ¿Y la prevención, las maneras personalizadas, dónde se diseñan, en los despachos? Algunas vigilan sus estilos éticos (otras no), humanizan sus propuestas donde no predomina la intervención conectada al territorio vital (porque lo normal es el despacho y no la comunidad). ¿Más recursos?, tal vez, pero el malestar se da cuando el vecindario se sienten abandonado. Seguimos en la ecuación prestación-atención individual porque es lo que las estadísticas nos piden: que la “operación haya ido bien aunque el paciente haya muerto”. Traspasar las aduanas para enriquecer los entornos es un trabajo arduo que muchas veces se hace desde pequeñas islas en un mismo mar, una áspera discusión donde todos somos extranjeros en un mismo lugar, como nos cuenta Ken Loach en su última película  ‘The old oak’.

Las fronteras parten en dos, reducen la convivencia a una tolerancia obligada con espinas en los templos de la palabra, un cara a cara frente a la desigualdad donde los protagonistas aspiran a no caer en el riesgo de la no-ciudadanía. Donde todo está trazado hay pocos bordes por descubrir, las autoridades llegan tarde al sueño utópico de una sociedad mejor.

Hay quienes hablan más de la cuenta, piensan que siguen llamados a atraer la atención (debe ser terrible no enterarse de eso). Deberían tomarse más en serio el silencio. 

Francesc Reina

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