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lunes, marzo 30, 2026
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Arqueología del movimiento social

Allí donde se puede escuchar, habita  el arte de los sueños, una llave para abrir las cosas.

Corremos el peligro de perder los recuerdos, por eso, captar la memoria es la gran preocupación de los que intentamos educar y educarnos; es la herramienta esencial de la inteligencia, el órgano del aprendizaje. Acordarnos propone  disfrutar de habilidades para innumerables sucesos, también para saber detenernos y no volver a pisar las cenizas de tantos desastres anteriores. Pero ya se sabe, nuestras recordaciones están plagadas de matices, de errores, contradicciones y descontentos trágicos…

Hoy se expanden los relatos como fabricantes de una urgencia cultivada; a lo largo de fotografías, entre textos, con dibujos y esculturas, nos cuentan lo que ha sucedido para poder deducir lo importante y anticiparnos al olvido con historias que ayudan a prolongar la vida.  Conocer bien lo que pasa es, sobre todo, percibir lo que destruye, esos zumbidos casi invisibles con su lluvia de blasfemias escondidas. Junto a esta artesanía del arte, la fantasía es el punto de fuga que traspasa la realidad para descubrir lo oculto, la nostálgica simpatía que nos levanta el orgullo para que el cielo no nos golpee en la cabeza.

Aquellos héroes ruidosos, de utopías agitadoras, ejercían su derecho a soñar; subían pacientemente por cuestas, escalaban cerros y laderas para tantear los índices de necesidad; usaban sus saberes para darle la media vuelta a todo y provocar un giro inesperado de 180º con la justa misión de rebelarse contra la injusticia. Luego vinieron los ambulatorios médicos, los institutos, los colegios, el personal para dotar de plazas públicas; el alcantarillado, el asfaltado de calles, el alumbrado, el agua corriente…

En aquellos descampados se conectaba con las certezas  más duras y se desgajaban puentes que las ataban a lo absurdo, se entrelazaban sentimientos comunitarios afectivos con competencias ciudadanas que reforzarían el sentido pedagógico de tantas situaciones transformadoras. Se abrieron paso por la pegajosa niebla de leyendas construidas con rumores que okupaban islas llenas de contrastes. Sus códigos de ilusión hicieron de cada grieta una oportunidad, un refugio para hablar sin detenerse sobre la ley de la Gravedad, porque sin proyecto, decían, no hubiera sido posible la teoría de la Relatividad.

El malestar social a pesar de hacer visibles crónicas terribles, también ha generado soluciones. La Ilustración liberal señaló a la aristocracia y la burguesía de su ceguera y codicia; la revolución francesa, el marxismo y la democracia inventaron los derechos, la biología  y Darwin  colocaron a nuestra especie en el lugar que le corresponde. Y aunque sigue pendiente, avanzamos en primera línea de riesgo.

Dueñas de nada, encargadas de todo, las mujeres tienen un sentido especial para contar, los viejos siguen siendo un libro abierto cuando acudimos a sus biografías; con su hermosa pequeñez, con su brújula y su reloj, amplían nuestros continentes. Porque hay viejos muy jóvenes (y hay jóvenes muy viejas), porque en una época de emergencias donde estaba en juego el propio hogar, imaginar no era huir sino intentar ir más allá de lo que tenían: vivir para dar sentido a las experiencias vividas.

Aprender a tener esperanza no es un acto ingenuo, ni una huida, y menos una burla; tomar conciencia supone perseguir el bien común para crecer poco a poco, con tiempo y con paciencia. No obstante, la evolución nos propone estar alerta: entender y explicar de dónde viene el conocimiento,lucir una actitud intelectual permanente, flexible y rigurosa, para autoobservarnos si cabe, todomuy difícil porque nos hemos de poner de acuerdo en lo que significa ser inteligentes, superar la pobreza de los sectarismos, buscar zonas que no tengan demasiados infiernos.  

Nuestras abuelas y padres siguen siendo parte de nuestra memoria; no debemos perder de vista la desconcertante energía de emociones que cargaron con sus compromisos (a veces con la rabia como antídoto), para palpar más de una existencia entre versos libres. Porque pensar sin mover las ideas se parece a seguir volando sin mover las alas.

Francesc Reina

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