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miércoles, mayo 22, 2024
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Abrazos en la calle

La cohesión se genera tras la buena acogida de proyectos compartidos; a pesar de todo, algunos retos en nuestras sociedades siguen manteniéndose en las lindes de la segregación, en la escasa movilización, tal vez por los intentos -más que visibles- de normalizar la desigualdad, y ahora con el drama de la sequía.

En el debate público/privado la balanza continua muy polarizada, porque lo primero sigue siendo primar el negocio; la juventud sufre un déficit de representación política más motivada por las nuevas identidades y muy manipulada por las redes de comunicación y otras viejas y nuevas modas; poco se están teniendo en cuenta las nuevas pobrezas y a pesar del laborioso trabajo voluntario, éste sigue sin voz.

Existe un tipo de comunidades que beneficia la tarea de estrechar vínculos personales entre los individuos; inscritas en el ámbito público, son las que nos han ayudado a prosperar dando forma a las interacciones, potenciando el llamado capital social a partir de la creación de servicios y redes gubernativas. Las entidades locales han trabajado para favorecer la defensa de los derechos civiles reclamando a las administraciones e incentivando intercambios para el disfrute común entre distintos rangos y  estamentos, provocando intercambios y la mejora de las vidas y los entornos.

Hay puntos de reunión como los bares, las barberías o las peluquerías, o algún que otro negocio de tinte comunal, que no llegan a ser enlaces para el conjunto más allá de satisfacer necesidades puntuales. Otros, con fines de lucro, son lugares acomodados que se establecen alrededor de hoteles, restaurantes, clubs y grandes superficies que no dejan de ser sistemas que expresan ideas dominantes.

Una comunidad resiliente, aquella que abre sus brazos con afecto, es la que dispone de una idea para desarrollar nexos, planta cara a las amenazas que nos invaden y que invitan a soportar el dolor de la desconexión en soledad, la que nos induce a refugiarnos en casa (cuando el aislamiento es la consecuencia más peligrosa, porque la pandemia se superó mejor en corro). Ahora tocaría pensar en la salud mental, la droga o las violencias – grandes desiertos – gastando el dinero de otras formas, ofreciendo nuevas oportunidades.

En su libro Palacios del pueblo, el sociólogo Eric Klinenberg, explica cómo mucho de nuestras vidas está determinado por las actividades que realizamos en los espacios públicos: en centros educativos, sociales y culturales que no limitan su entrada a nadie; sitios de encuentro que dignifican la convivencia para practicar lo accesible. Las zonas comunes ayudan a superar las divisiones individuales, allí se puede conservar un sentido de identidad plural entre personas que tienen diferentes opiniones. En una ciudad, el barrio es un pueblo pequeño con parques y plazas, mercadillos al aire libre, con zonas de juego, escuelas, bibliotecas, que costó mucho conseguir a nuestros padres y madres. Existen hoy infraestructuras que tienden puentes entre las diferencias. Relacionarse sin estar de acuerdo significa aprender a socializarse, revertir la competitividad en formas de cooperación para producir conocimiento y trabajar hacia metas más grandes. Esta es la cuestión.

Aunque a veces rudos, se mueven los abrazos. En el Congreso español de Asociacionismo vecinal celebrado en Badalona, su nuevo presidente pidió a las delegaciones que no olvidasen sus raíces: la calle. Viene a la memoria aquella canción inspirada en un juego infantil, compuesta por el gran Pablo Guerrero, “A tapar la calle” (versionada, por Labordeta), para que los malos no pasen, pero sí los que piensan en los demás.

Francesc Reina

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