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martes, junio 25, 2024
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Metáforas para sobrevivir

Las metáforas nos ayudan a describir los sentimientos, pero no es sólo un método de expresión, también es una forma de razonar para nombrar las cosas de otra manera: cómica, irónica, ofensiva, enigmática o misteriosa… Disfrazar letras para evitar la censura es también un recurso para sobrevivir a lugares feos que atacan el pensamiento libre, aunque, a pesar de todo, la libertad a menudo comienza por los pies y cuando todo se siembra de miedo, cuando se cosechan silencios, a veces no hay más remedio que desaparecer para que las cosas no vayan a peor como suele suceder en las prisiones, allí las tazas de café son tan frías como las celdas. Hay hombres que se saben de memoria el nombre de cada estrella, yo el de las nostalgias, hay quienes conocen variedades de peces, yo de separaciones; unos versos del poeta Nazim Hikmet.

“La ironía hace grande a la literatura”, fueron letras de la ensayista y poeta ucraniana Victoria Amelina, una mujer luminosa en tiempos de oscuridad que murió hace unos días y que ha pasado a engrosar una larga lista de escritores que fueron asesinados por el régimen soviético el siglo pasado. Los libros vuelven a ser víctimas de los crímenes de guerra; ella andaba trabajando en uno en que denunciaba la invasión, también desempolvaba verbos del poeta Volodimir Vakulenko asesinado el año pasado de dos tiros a boca jarro; cuánta puntería y precisión… Los que  inventaron el pecado se olvidaron de crear el perdón; son los todos -cuenta el poeta Raúl de Tapia-  los acusantes en las mesas y promesas, en las alzas y lanzas, en su todo que no es nada. Pero, a pesar de ellos, aunque siempre estén a punto para el abuso, mañana será otro día.

Estos fueron algunos de los últimos versos de Amelina: “En esta ciudad extraña solo las mujeres son testigo. Ve, pregúntale a las mujeres”. Ellas nos contarán las contiendas cuando las palabras fracasan. Las mujeres valen poco, dijeron los señores de la guerra, pero aunque el asombro en muchas ocasiones se quede dormido, ellas también nos hablaron:  “no era más que el corazón de una mujer lo que tomaron y rompieron”,  “amarga es la risa en la boca quemada,  permanece un eco todavía en sus voces”, “las vidas se pierden, y todos los repartidores de periódicos gritan”, “todavía nos queda por hacer viaje y medio”, “como si todo hubiera sido un sueño equivocado, un socavón que se tragó la vida”, “su tambor de guerra no sonará más alto que mi aliento” (son versos de una antología de mujeres poetas de la guerra).

«Los poemas que se escribieron ahora están callados, las cartas que nunca se enviaron, los abrazos que no pudieron darse, tantos besos imaginados, los adioses que no se dijeron»… «Si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio, si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza…», «cuando ya no canta el ruiseñor de la mañana…».  Los poetas han muerto es una canción de la banda heavy  Avalanch: «en su tumba hay una inscripción, un poema de amor que nadie leyó, aquellos versos han muerto ¿Dónde están? Quisiera volver a escucharlos una vez más…» «El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas es una pequeña quemadura infinita en los ojos inocentes» esto nos lo legó Federico en Poeta en Nueva York.

Pero hay muertas que no mueren, como Amelina, como Anna Politkóvskaya, de sus sufrimientos y gemidos renace la poesía. Un sólo mes de huelga militar, de soldados prejubilados, de cañones averiados y bombas oxidadas, resolverían la pobreza y el hambre en el mundo.

Para que estalle la paz, para que nunca olvidemos. “La memoria es un refugio en el cielo”; donde el único vestigio de lo que quede, serán las cucarachas, Gabriel García Márquez.(Gabo).

Francesc Reina

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