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sábado, enero 16, 2021

La Felicidad Nacional Bruta o el PIB que no cesa

Una vida humilde y tranquila trae más felicidad que la persecución del éxito pues perseguir un sueño a toda costa no garantiza la dicha. Tal vez las palabras del nobel de física, Albert Einstein, fueran dirigidas a todo el mundo; sin embargo, hay quienes deberían tomar buena nota.

El principio de incertidumbre, de otro Nobel físico, Werner Heisenberg, abunda en lo mismo: hasta que no abrimos una caja por muy precintada que esté, no podremos comprobar con exactitud lo que hay dentro. La indecisión no es otra cosa que darse cuenta que la realidad no es previsible, que sólo nos ofrece dudas y conjeturas y que manejar una cosa altera otras (hoy día hacer dinero a pocos empobrece a muchos).Tener en cuenta que lo que no vemos es fundamental, que especializarse demasiado puede hacernos perder de vista el conjunto, que lo que hoy vemos negro mañana puede ser blanco. Que no sólo con la voluntad se hace camino…

Vivimos en el reino de lo inesperado. Todo es un “quizás”, un “tal vez”, allá donde una de las pocas certezas seguras es que la vida va cambiando. La cuestión sigue siendo si para mejor o peor, y eso puede dejar indiferente a cierta gente, porque a cierta gente le da exactamente igual el precio que paguen sus semejantes. La ya conocida “zona de confort” sugiere que la escasez y la vulnerabilidad nos hacen crecer. Aunque parezca una frase impresa en una tómbola de la feria del pueblo, no podemos ponernos en contra del empowerment o de la resiliencia: esperar lo inesperado tal vez es mejor que sucumbir al miedo, aspirar a algún lugar donde tener el control de algo no debe ser tan malo. Se trata de intuir lo invisible. Pero por muchas explicaciones racionales que nos den para entender este embrollo, estamos obligados a cambiar de método, a mejorar nuestros entornos, que son muchos y cada vez nos influencian más, muchas veces, con muy mala intención.

La ciencia económica dispone de una extensa lista de datos para medir el desarrollo de la riqueza -o la pobreza-, para certificar la abundancia o la escasez.  El PIB, Producto Interior Bruto, es uno de esos indicadores económicos, una herramienta que se aproxima a la  expresión del rumbo de renta de los territorios, y un referente mundial. Pero la fertilidad frugal no es condición suficiente ni necesaria para sentirnos satisfechos, si ésta reduce las preocupaciones y favorece sentimientos de satisfacción al promover la igualdad de oportunidades el resultado, obviamente, estamos hablando del  TPI (Índice de Lugares Prósperos).

Desafiar la creencia de que el crecimiento económico es la única medida de éxito en la sociedad aporta un espacio de convencimiento, casi artístico, para incluir aspectos como la salud física y mental, la educación, las oportunidades de conocimiento y aprendizaje, la calidad  medioambiental, las conexiones entre las personas y su comunidad. Todo puesto en duda y hace bastante tiempo, el Índice de Desarrollo Humano (IDH) incluye, además de la holgura monetaria, algo tan complicadamente moral como contentar a las capas más humildes. La paradoja está servida: mayores incrementos de renta no conllevan a una vida equitativa, depende mucho de la calidad de las instituciones y de sus políticas, de la pérdida de ese vínculo con las malas artes de las corruptelas de gobiernos y empresas, del saber hacer bien y esforzarse por hacerlo mejor.

Francesc Reina

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