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Dissabte, 21 d'Abril de 2018
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Francesc Reina Peral. Educador social - - 7/11/2017

Ética para la pobreza

Pierre Bordieu descubrió el alcance de la violencia simbólica en los relatos nocivos que perduran y se heredan, allá donde la dimensión de las heridas acaba en una antología de sentimientos ahogados. Estas semanas se ha recordado en el mundo la erradicación de la pobreza, un estigma que se transmite entre generaciones para convencer de que es sinónimo de vicio, torpeza y vagancia.

Aún se sigue despreciando a las persones más vulnerables, aporofobia lo llama Adela Cortina, es decir, miedo a que nos quiten las cosas; rechazo y aprensión a la desgracia. Y es que el odio es muy peligroso... Es oscuro como una sombra encerrada. A quien siente miedo u odio, -la frontera es fina- se le engaña fácil, es el arma perfecta de los totalitarismos, un relato injusto que siempre se escribe desde fuera porque los seres mudos, protagonistas, o no saben o no quieren hablar.

Parece increíble que habiéndose demostrado que bancos, compañías de luz, telefonía o petroleras se hayan lucrado (con la connivencia de políticos) de nuestros sacrificios, se siga aun admirando a los ricos en lugar de despreciar a los canallas, en vez de maravillarse de la gente sabia. Esta reflexión nos la legó Adam Smith, el primer economista de la modernidad, se inspiró en una sentencia de San Mateo: “se les quitará a los que menos poseen para darlo a quien más tiene”. Mal asunto esa vigencia después de tantísimos años, es como un tiro en el pie.

Se corre un serio peligro si se cree en una historia única, una sola manera de contar el mundo y sus cosas... Es lo que Karl Popper llamó el principio de falsedad, unas palabras sagradas ordenadas por reyes, obispos, terratenientes, magnates, militares o burgueses, que escribieron la historia como les dio la gana, aprovechando la ingenuidad de multitudes humildes para propagar sus cuentos -a veces a punta de pistola-, plagados de supersticiones. Crearon barreras que impiden ver la realidad más allá de lo obligado.

La ética social nos urge a rechazar el disparate de culpar a los individuos por sus pobrezas sin tener en cuenta que formamos parte de una organización social nada generosa, y cuanto más al sur, peor. Cuando una sociedad desprecia a los que han fracasado se intuye una canción urgente hecha de muchas lágrimas. No nos debería pasar de largo tanto sueldo imposible, la pérdida de derechos laborales, la contención de los salarios, esos fuegos canallas en lo más verde, esas concesiones millonarias entre familiares y amigos, una escasa red social solidaria... Lo que pasa es que no sabemos lo que nos pasa, decía Ortega.

La certeza está en respetar la dignidad de las personas antes de mover un dedo, desatar un rechazo frontal contra esos mitos que hacen responsables de la miseria a la gente más necesitada, táctica mísera con tufo a polvillo de penumbra. Hablemos claro, la empatía contra los golpes supone ponernos frente al espejo para imaginarnos vencidos y equivocados, es ir contando nuestros defectos uno a uno. Una mirada ética para empezar.

 




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