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Divendres, 22 de Març de 2019
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Dario Julià - - 3/4/2015

Del enojo. Del color de los ecos en primavera

Las creencias forman parte de nuestro comportamiento: aquellas cosas que pensamos sin darnos cuenta. No las hacemos nuestras como conclusión de la experiencia, sino porque nos las han repetido desde la infancia y se nos pegan a los pies como una losa que no se puede alejar; difícil es despacharlas como no sea con una pizca de reflexión y algo de entrenamiento, ingredientes imprescindibles del recetario de alivios de quien nos aconseja con buen arte cuando pedimos ayuda.

Bocas llenas de malas palabras son las que dijeron, y dicen aún, que todo hay que hacerlo perfectamente para no fracasar, que el sexo es pecado, que los hombres son superiores a las mujeres, que no se puede confiar en los gitanos, que los feministas son extremistas, que hay que vivir a tope sin que importe nada ni nadie, que no hay que fiarse ni de tu sombra, que si no entendemos somos tontas, que cambiar de opinión es de personas inseguras, que antes de que te peguen hay que pegar, que los viejos ya no sirven, que los hombres no lloran...

En ese dibujo mal hecho que habita en muchas vidas se intuye el sutil trazo de una memoria de espinas. El enojo suele acudir para hincar un pinchazo rojo resentido por caprichosidad, dopaje o desesperación. Parece lengua descolorida con alma rota, una grieta seca que no deja navegar ni hacernos de buenas pisadas. En el enojo se agita un corazón retenido de labios espesos de tormento, frustrado por la incomprensión, la indiferencia o la ignorancia.

Existe la idea de que quien carece de enojo pueda ser débil y frágil, que anda dibujando a su paso sonrisas tristes. Puede, pero no es cierto. Sus ojos abiertos van enredando flores con semillas que prenden el sueño en nuestras siestas tranquilas, bostezan melodías que se asoman al ya largo tiempo de la tarde con el afán sincero de ser espejo sin dolores. Como acogidas maternales del árbol que con su sombra derrama un bálsamo de caricias, rezo de paz y aire sereno.

Como si el llanto tuviera que ser inevitable.

 

 




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