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Dimecres, 05 d'Agost de 2020
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adrià - 21/7/2020

La casa amarilla

Hace tiempo que no viene el viajero. Le esperábamos por navidad pero no acudió. A ella no le gusta hablar de eso. Ahora el dolor está mejor repartido, no es sólo mío. A modo de un cariño que se comparte, su marcha fue como arrancarme el rosal que dibujaba su silueta en la ventana que da al oeste al caer la tarde, decir adiós a las guirnaldas de colores que colgaron a su llegada, zarcillos y vino perfumado que se trajo de allá, pelotas para los perrillos y regalos en cajas de cartón para las niñas., y aquel libro. Si la ausencia va en serio, el amor de aquellas veladas se fue, quién sabe dónde. Pero qué luz en sus caras, en la mañana dulce un mundo hermoso y una canción correteando entre los labios, pegada a las paredes llenas de sol, de polen, de zumbidos. Quisiera decírselo, pero ahora no me mira.

El calendario es el corazón del tiempo, discurre por los días asomando sus cuentas como de rosario, señalando meses anclados para no olvidar. Resbala en mis propios recuerdos aquella historia limpia que sigue en el aire, yo la he vivido y ella tal vez venga a vivirme. El eco de sus pisadas acude a mi memoria y entonces le veo llegar por el camino. Ladridos de alegría. El despertar de aquellos días, sus cuerpos flojos al atardecer en peregrinaje interior, encontrando comprensión, belleza y, sobre todo, un equilibrio armónico, una fuerza creativa desbordante que movía algunas lágrimas de felicidad. El hartazgo feliz desde allá lejos sigue hablando.

Ahora la casa permanece en sombras, hace días de este extraño silencio. La seda pálida del sueño borbotado desde su alcoba, el nocturno vuelo de luciérnagas donde se envuelve la claridad, días sin palabras que decir donde hasta el leve roce de una hoja suena mil veces por los techos, noches sin fin. Pero la calma es distinta, es una pausa de sabor humano como una nostalgia cargada de regresos, yendo y viniendo, yo los sentía siempre unidos a mí, en casa.

Cuando me hicieron, oía el rio, lo veía natural como agua amiga; el saludo de las mañanas al salir de la noche conseguía hacer palpitar lunas y rocíos. A través de aquel agua ella, yo, adivinábamos el mar durmiendo pegadas. Ahora, hace ya tiempo que anhelo esa compañía, ese sabor único de vientre de nube de azúcar. Tal vez la mar no exista ya tampoco. O la hayan cambiado de lugar. Fueron siempre demasiado felices y ya se sabe, no es posible serlo tanto tiempo pues habrá que llorar y escribir versos cuajados de otras lindas cosas. Habrá que apresurarse para abrirle caminos al desconsuelo. Poco a poco, sumida en la sorpresa, he visto desaparecer su presencia, su olor que era distinto al de otros. Sé que perderé hasta su huella. Yo, que les deshojaba los crepúsculos, igual que pétalos, una extraña fuga de interés quedará guardada todavía en mi imagen como en formol. Ahora esos huecos han sido arrasados y algunas manchas han echado raíces, churretes que persisten y afectan las formas desaparecidas dejándome cicatrices que riegan mi cuerpo, mis muros. Serenata sumergida, todo esto es muy raro y empiezo a sentir pesar de esta calma. Otro día ha pasado y pienso en los limones que caen, en la puerta que quedó cerrada con llave para que no entrara el miedo. Con tanto que he vivido allí y de pronto se me va todo, insensato destino. Había guarecido sus sueños, prestándoles frescor, aliento, abrigo; si yo sólo necesito un poco de ternura, solar de paz,  y ahora, mal sabor de boca cuando se puso en fuga la orquesta de pájaros.

¿Valía la pena tanta dulzura?  Es penoso confesarlo, pero me siento prisionera en mi propio reino, desposeída de los bienes que siempre fueron míos.  No hay para mí camino que no tropiece con sus espigones. El polvo que empaña los cristales al mediodía es una hora sin relojes. Le miró pausada, largamente, como se mira a quien no vuelve. Yo no entendía esos adioses contenidos, con ojos de remordimiento. Si el destierro va en serio se me va a hacer muy largo este verano de mosquitos pensando en la nochebuena que pasaríamos al calor de la fiesta, una noria de ilusiones, fina, como un hilo de agua que se queda en vuelo de piedra. En estos días tristes el duelo es sólo mío, por más que conozca sus nombres, sus rostros, se me apegan con pesar las ubres del pasado.

Día nuevo de julio, llega un olor antiguo que se esparce por el jardín. Y ella chorreando el café que se hará duro y ajeno.






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