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Dimecres, 05 d'Agost de 2020
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adrià - 6/7/2020

Tiempo para conmoverse

Ejercitar las emociones puede llegar a ser motor de cambio, ese que a veces necesitamos para seguir adelante. Es como invocar una coreografía de vientos y soles, como poemas para la existencia, como plantar futuros.

No deja de ser fascinante que de la ciencia sólo podamos esperar dudas más que certezas. Esto no debería arruinar la actitud abierta que invita a mezclarnos con los límites de lo que sabemos y lo que no; darnos cuenta de la diminuta dimensión que somos para seguir asombrándonos, para dejar a un lado la crueldad que puede salir del desconocimiento.  Resulta feo que haya personajes mimados, que no toleren un “no lo sé” y se pongan a hacer ruido. Dar a conocer las cosas es un asunto pendiente al que tenemos derecho mayores y pequeños; esos mismos que se enojan culpando a todo el mundo, agarrándose a su estribillo medieval, son, en gran parte, los responsables. Deberían aprender a resumir los mensaje para sumar muchas más motivaciones en los asuntos que nos afectan, pues nos incumbe bastante comprender lo difícil que es el conocimiento abstracto. Toca darle un vuelo a las cosas y ejercerla visión curiosa y limpia que nos merecemos. No hay tecnología que pare el drama que se avecina si sólo nos quedamos en atender efectos porque seguir demonizando a los bichos no nos va a sacar de esta nada.

La cultura actual está devorando nuestra especie, escribía el físico Lichtemberg hace unos siglos. Un desgarro moral. La nuestra es una civilización de la basura, denunciaba el gran Félix Rodríguez de la Fuente, una sinfonía de trampas, el precio heredado del culto al petróleo,  al plástico, al plomo, al arsénico, al glifosato, y luego, al bar más que al campo. Otro alemán, el filósofo vitalista Schopenhauer comentó que no sólo hay que descubrir la verdad sino extirpar el error que impone su yugo a los pueblos y ahoga las aspiraciones de la humanidad.

Perder el medio ambiente no es un problema atmosférico sino político y económico,  las ciudades ya no dan más de sí, son artefactos que crecen sin control. Por eso es básica la información educativa: somos cultura y naturaleza a un tiempo y el respeto sigue siendo un reto que nos convierte en el último recurso. Suerte que aún hay quienes siguen en su empeño de sembrar cohesión, solidaridad, ayuda mutua, cultivando una suerte de ciencia ciudadana que reclama visión crítica: Mucha gente pequeña, decía Galeano,  con gran capacidad para transformar lo que todavía no se valora suficientemente, como un cuarteto inacabado de Hayden.

A lo largo del tiempo hemos ido perdiendo inteligencias, como el entusiasmo de la contemplación, y desde entonces buscamos con desesperación sin saber cuál es el objeto de la búsqueda. Vivir cerca de un parque o ir a pasear a la montaña no nos va a sacar de esta crisis, pero puede aliviar y sanar enfermedades sociales que sufrimos, como la ansiedad, el estrés o la depresión. En su geometría precisa, respirar árboles y plantas es un verso de vida, una práctica similar al arte de la pintura, la escultura, la escritura… Ahí predomina el hecho creativo, colectivo, individual. Generosas cosechas de sensatez y delicia en medio del cada día.




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