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Dimecres, 11 de Desembre de 2019
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adrià de Besòs - 25/11/2019

Todas las noches del día

En la  punta más extrema de la desgracia existe una mitología abandonada donde se cuece una obra maestra sin historias brillantes, ocupada por mediocres figurantes.

Retratos descarnados de personas aplastadas por una monumental desdicha: vivir intrépidas aventuras sin respuesta alguna. Poco importa por qué razón están condenadas, la agonía no se limita sólo a la falta de trabajo o de dinero; son perdedoras que a pesar de sus baches conservan la esperanza de que algún día cambiará su suerte. Destello de ilusión en mitad del desaliento que alimenta toxicas fantasías inventadas por aquellos que nos manejan y nos aseguran una vida feliz. Como criaturas chicas, apenas sostenidas por esa desgana que tienen las ruinas, sucumben, pues aún creen en combatir la corrupción, las riñas familiares –los hijos que algún día llamarán- , la especulación inmobiliaria, la contaminación alimenticia…  Como si jugaran a lotería, en ocasiones, acuden a votar si encuentran el dni.

La plaza, rodeada de bares y tiendas, acoge en sus cuatro esquinas cajeros de la depresión.  Dan paso a la desoladora derrota de deudores que ahí descansan entre cartones. En esos santuarios de soledad duermen acallando sus voces internas, se acomodan tras un doloroso viaje por aceras profundas plagadas de sueños rotos empapados en alcohol, en agua de lluvia o sudor de lágrimas.

El centro de ese espacio parece un tablero de ajedrez donde cada peón recibe hostias antes de empezar el día, llevan el jaque mate cosido en la piel. Se incorporan de noche para formar parte de la ilustre nómina de grandes errantes de lo cotidiano en la fila de la chatarrería, y aunque lo que ganan no es nada más que nada, cumplen en ese entorno de submundos, exprimiéndose bajo una sombra deformada de aquello que fueron y en lo que se han convertido. La soledad de los perdedores es un relato que arraiga en la fatalidad de los más débiles, reparten su tiempo entre rincones zarandeados sin piedad, deshumanizados.

La elegía, compuesta por una realidad anestesiada,  nos hace partícipes de su latido, allá donde algunos quedamos atrapados en el vértigo melancólico de esa desgarradora Streets of London de Ralph Mctell, donde se obra el milagro de convertir algo tan prosaico en un momento de poética belleza. Debemos tributo a esos hombres y mujeres que nos salvan cada día de esa parte nuestra de maldad que tanto nos duele, paisaje triste que nos reclama una sensibilidad que, a veces, huele a realismo mágico.

 




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