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Diumenge, 17 de Novembre de 2019
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adri de Bess - 28/10/2019

El rio de la vida

Escribir bien debe de estar reñido con las prisas pues detenerse en los detalles y rescatar los recuerdos es dar vida a las palabras, salvar muros y escuchar historias ciertas aunque éstas no sean viajes de ternura ni retratos cálidos.

La gran avenida que atraviesa la ciudad se hace más salvaje cuando se  acerca a su desembocadura. Hinca sus huellas, como un rio poderoso y profundo, a través de semáforos y pasos peatonales.  En una de sus orillas, el hospital, allá donde cosen lo que se rompe; en la otra, una sala de juegos que emerge como un dilema magistral, lo más parecido a un remolino peligroso.

De buena mañana, en silencio compartido, algunos hombres y mujeres que han buscado techo en el parque, en cajeros o en porches, desfilan hacia el centro de urgencias para asearse. Es una maniobra casi militar… En la sala de espera se habla, como si de un taller de hermenéutica se tratara, de la miseria de las gentes que navegan en ese constante ir y venir entre la existencia y la muerte, un proceso de creación y destrucción que casi se siente crepitar bajo los pies. Mientras, cada uno, con sus particulares habilidades y de acuerdo a sus circunstancias, se escurre por entre los aseos.

El salto al otro extremo es un largo capítulo de malestar hondo con descenso incluido a los infiernos. Un estilete emocional de sentimientos ambiguos acerca de los distintos modos de afrontar las dificultades. En los pies del bingo, algunos se sientan en sus bancos de mármol. En ocasiones, a los que les llega la paga, entran y prueban su mala racha esperando un sacrificio tras una comida barata.

Martí i Pol decía que cuando se apagan las luces de las calles y de las casas los pueblos quedan trágicamente indefensos. Existen esperpentos glamorosos, difíciles de encajar y muy faltos de remiendos por muy cerca que esté el Rápido. La adicción al juego, dicen, es comparable, hoy día, al boom de la heroína de los 80;  requiere de lo público una vez más para preservar la salud de la ciudadanía, sobre todo, para que las familias más humildes no se arruinen.

Los ríos tienen su orden, fluyen sin que muchas veces podamos resolver los interrogantes que nos plantean. Un  vértigo en el horizonte amplía la reflexión dilatada del final de una película de vidas sesgadas que no acaba nunca de estar cerrada.

No existe ningún mecanismo en el cerebro que asegure la verdad, las historias que se cuentan de manera tan viva logran anidar en los propios trastornos y pasiones como si fuera una  experiencia propia. Los límites de la realidad son difusos; declarar que los niños dicen la verdad  es una grave equivocación (han visto The Children’s Hour –La calumnia- de William Wyler?).Para acercarnos a los territorios más salvajes no es necesario eliminar ningún paisaje. No hace falta un tratado sobre la ceguera. Se trata de historias con rostro humano, un mundo sin extinguir y en el que todo sigue estando en su sitio. La suerte es que aún no nos hemos olvidado de llorar. ¿Quién sabe de un agua que cubra el dolor, quien sabe de un sitio que sepa mejor?




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