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Diumenge, 17 de Novembre de 2019
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adri de Bess - 17/10/2019

Sobre la infelicidad

Dicen de Copérnico que sufrió una fase compulsiva,  un obsesivo esfuerzo agotador de investigación tras haber afirmado que la Tierra giraba alrededor del Sol. Un complejo de insatisfacción por la certeza de que se estaba enfrentando al establishment científico, filosófico y religioso de su época. Y fue juzgado.

Sobre el origen de la infelicidad existe la teoría de que hay centenares de millones de personas que desde la cuna se les enseña a pensarse inferiores. Según ésta, lo pagarán bien caro tanto la generación de la precariedad, esa nueva infancia a la que le ha tocado vivir en espacios empobrecidos y sin salida, como aquellas personas que intenten saltarse los límites establecidos.

De las historias contadas en la cola del paro o los centros de colocación, se intuye un marco de atención más social que psicológico, una conexión íntima entre la vulnerabilidad y la política. Siempre las mismas cayendo con delicadeza trágica, desmayada a plomo, como un crujido sordo frente al expediente que va pasando de mano en mano en las administraciones. Los empleados y desempleados estructurales se culparán de su suerte como la excusa más esgrimida por los débiles, esa población a la que durante toda su vida se le ha dado el mensaje de que no tiene gran cosa que hacer salvo portarse bien.

Hace tiempo que para controlar a esa clase subordinada (aspirante a ejercer la violencia como una forma más de reparación de su miseria), el  pensamiento dominante promocionó la creencia de que tenemos la capacidad de ser aquello que queramos, de que se puede hacer cualquier cosa que se desee. Ese voluntarismo mágico impulsado por “expertos” pretende reemplazar el vértigo y el aislamiento por historias positivas; pero tal despropósito no cabe en un paisaje desconectado de esta desaparición lenta y agónica, en ese melodrama seco y desdibujado tan tristemente universal como apegado a la idea de que hay quien no tiene ningún derecho a estar donde está. De que somos los únicos responsables de nuestra propia miseria y que nos la merecemos.

En el triunfo de la impotencia, los buenos para nada se ven forzados a sentirse así porque su identidad está tan tristemente certificada que deja muy lejos la posibilidad de tomar conciencia de los propios derechos. La desesperación y la depresión son caras de una misma moneda, pero a una de ellas aún no se le ha nublado la capacidad ni se le priva de su energía; la otra es un salto al vacío, a la nada, como un ramillete de flores del mal.

Pensar en cómo transformar la necesidad en capacidad ante el sufrimiento es pretender alcanzar cotas de solidaridad, de abrazos tras un intento menos de desahucio; caricias más que fe, dijo  el Papa Francisco. Sin embargo, lo cierto es que va a ser muy difícil sentirnos capaces de ocupar espacios en este lugar común, de hacer algo por el cambio climático, disminuir el patriarcado, parar el racismo...

Se puede intentar la felicidad, inventando formas de involucrar lo político y hacer revivir instituciones decadentes que conviertan la desafección en empatía, aunque no podamos detener la guerra, ni controlar el poder financiero, ni prohibir la venta de armas… Cuidando nuestros barrios y las gentes que allá viven.




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