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Dissabte, 23 de Febrer de 2019
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adrià de Besòs - 10/2/2019

La vergüenza

Todas las personas merecemos respeto, una mirada atenta. Cuanta más necesidad, más especial debe ser la mirada, más precisa. Ahí radica el empeño de algunos.

Aumentar el dolor de las gentes que ya sufren es una irresponsabilidad que no tiene disculpa ni perdón. La dignidad es un sentimiento que abre paso a la esperanza. Su verdadero motor es la vergüenza, decía Victor Hugo en su relato sobre los Miserables: el primer paso para detectar la injusticia es una lágrima en los ojos de la ley. La vergüenza es una rebeldía competente, nos da ánimos para denunciar los desahucios y los incendios de frio de las gentes ancianas, pobres o enfermas (hay quien sólo ve delincuentes).

Lucía duerme en el sofá que una amiga le deja hasta que sus dos hijas y una nieta se levantan por la mañana. A veces va con su hermano, pero también ha de levantarse temprano para que no la vean los servicios sociales, pues él puede perder la prestación de dependencia. Es un corazón olvidado, urdido por las prisas, del atropello del desahucio, de la degradación del paro, de la desescalada salarial, de la deshonra de tener que ir a los bancos de alimentos, del desdén de  esperar meses la respuesta a una solicitud de prestación social, de la postración sistemática en las oficinas de empleo y en los servicios sociales… De la pérdida de su intimidad por explicar su situación en tantos sitios. Ella y yo hablamos del suicidio, una guerra sorda contra la propia vida que los expertos achacan a la salud mental, una violencia que no destruye desde dentro del individuo sino desde fuera; como si padecer depresión frente a la miseria y la humillación, frente a la denigración, fuera cosa de locos.

“No soy un cliente, ni un consumidor, ni un usuario del servicio. No soy un gandul, ni un mendigo ni un ladrón. No soy un número de la Seguridad Social o un expediente. Siempre pagué mis deudas hasta el último céntimo y estoy orgulloso. No acepto ni busco caridad. Me llamo Daniel Blake, soy una persona, no un perro, y como tal exijo mis derechos. Soy un ciudadano, nada más y nada menos”. Así explica Ken Loach en su maravillosa película, el calvario en la maraña burocrática de tantos que han perdido el empleo y acuden a solicitar el subsidio.  Anomalía salvaje que a veces encuentra un árbol bravío de vendavales de ánimo como cuando la PAC de Badalona, en su  desconsuelo optimista, sale a la calle para exigir la renta básica, para oponerse a los desahucios o para recordarnos los últimos despidos. ¿Qué altavoz hay para sus acampadas, quién se ha enterado de las últimas huelgas de hambre?

Una callada sílaba sigue ardiendo en un rumor que va limpiando la vanidad de algunas palabras que claman  dignidad.  Ser precaria o excluida del circuito del consumo y la normalización social no es solo padecer, es también sufrir una realidad etiquetada por un poder que diseña argumentos para hacer más amable el discurso en torno a la pobreza. Una especie de culpabilidad colectiva que les obliga a rendir cuentas de su propia desdicha. A ser investigadas por cobrar –las que cobran. A decir dónde están, dónde viven, con quién se empadronan; si salen del país, si tienen pareja, o si les toca la lotería.




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