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Dilluns, 15 de Juliol de 2019
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adrià - 23/12/2018

Plegaria por una sospecha (homenaje a Luis Eduardo Aute)

Supongamos, como puede suceder, que Dios fuese una mujer. Tal vez si eso pasara pudiera cambiar el odio inhumano que flota sin rumbo en un balanceo censurante. Tal vez sería la revolución de la mirada, algo que cambiara la mente del personal y se afanara en acariciar lo más humilde, más que las esferas encumbradas. Tal vez hablaría de amor en tiempos de guerra, como melodías tristes cuando todo parece imposible y proponernos una historia del alma. Tal vez llevaría a escena la vida cotidiana, aquella que se da de bruces con el lodo de la normalidad, de atropellos desesperados y agresores entre la gente común frente a la hipocresía y arrogancia de los poderosos. Tal vez mostrara lo que ocurre alrededor poniendo orden al bombardeo de banalidades gratuitas... ¿Acaso el Universo no sería un disparo en extensión, sino el soplo de la vida?
Supongamos, que el sol fuese una mujer. Tal vez brillando en una fiesta aún sin invitados y que, cansada de encantamientos y peripecias, nos muestre que los sentimientos contradictorios del corazón humano son la gloria de nuestra existencia y que su olvido fueron victorias sin esperanza. Tal vez será el antídoto de una presencia mítica en la línea del futuro sin más bandera que la desconfianza en poderes mediocres que fracasan revolucione. Atenta al dolor y a la belleza, tal vez nos acerque a la verdad de las palabras precisas. Quién sabe, ¿acaso este planeta no sería el reloj de la razón, sino luz que se derrama?
Supongamos, como puede suceder, que el mar, como bien pudiera ser, fuese una mujer. Tal vez habría una voz en el umbral para los que llegan de lejos y saludar con antorchas con estrellas a esos sepultados por toneladas de indiferencia. Tal vez permita diques de denuncias que dejen correr el sueño del recurso al silencio de un prisionero desconocido como una aldea abandonada. Tal vez rescatar el hundimiento de la esperanza; esa ley del mar, principio moral inviolable que socorre a quien perece. Tal vez impida la ignorancia sobre los tiempos a seres ciegos que deambulan por los cantos para atajar la realidad. ¿Acaso el horizonte no sería un inmenso paredón, sino allá donde las sirenas cantan su canción?
Qué tremendo lo que nos pasa, tal vez existen desigualdades muy hirientes que no son sólo una cuestión social, cultural o genética. Tal vez un pensamiento encadenado, sin reglas que inventar y que, tras serios intentos arriesgados, consiga de nuevo otra magia: acercarnos a
la verdad, siempre huidiza, que no es pedir mucho ni demasiado, al servicio del bien y de los que sufren la historia.




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