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Diumenge, 16 de Desembre de 2018
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Domingo Sanz - Sant Adrià - 5/12/2018

El PSOE de Susana contra Pedro o como perder Andalucía

Reconozco que he tardado varias horas en recuperar el equilibrio tras la ráfaga de desasosiegos que me tumbó cuando, sin la digestión fácil que proporciona el clásico recuento progresivo, aparecieron en pantalla los resultados con el 83% de los votos escrutados. Solo quedan, creo, los del extranjero, que nada decisivo cambiarán. Eso mismo le debió ocurrir a la mayoría de contactos de mi agenda, pues un silencio de funeral se adueñó del “guasap”, este palabro que ahora admite la RAE a pesar de que en Primaria aprendí que la “uve doble” también figura en nuestro diccionario.

Y cuan equivocado estaría yo, como casi todos, con el pronóstico del 2D, que 24 horas antes jugaba con mis contactos a un futurible consistente en especular sobre cual sería el primer líder, de los tres de las derechas, que insinuaría pucherazo ante su derrota colectiva. Solo me sirvieron para “…consuelo de tontos”, por una parte, las muy erradas encuestas con el voto oculto de VOX y la abstención oculta del PSOE y, por otra, las caras de sorpresa de esos tres mismos líderes que decía, que demostraron que tampoco sus encuestas privadas les informaron bien de las expectativas.

Ahora que vuelvo a respirar, y dando por conocidos unos resultados que certifican que la derecha en su conjunto gana porque la izquierda se ha abstenido en masa, como cuando con bipartidismo vigente el PP consiguió la mayoría absoluta de 2011, sacaré mis sospechas de la cabeza.

¿Por qué muchos andaluces han ignorado a Susana en particular? No es posible que la ausencia en las urnas de decenas de miles de fieles votantes socialistas haya sido un fenómeno ajeno al decisivo papel que la candidata jugó en la defenestración de Pedro Sánchez hace poco más de dos años, tras los resultados de unas elecciones autonómicas, las de Galicia y Euzkadi, que estaban perdidas de antemano, a diferencia de las andaluzas. Entre otras cosas, esta era la primera vez que Susana se sometía a las urnas después de aquel lío en su partido.

Aquel protagonismo de Susana condujo a la división de la familia socialista, y las urnas siempre castigan las divisiones. Los políticos insaciables, como Susana, cuando se desmelenan peleando por lo que quieren, se olvidan, o incluso desprecian, el respeto debido hacia sus propios seguidores, pues actúan como si no tuvieran memoria. Pero Díaz se equivoca, porque aquel “no mientas, cariño” del debate entre ambos más Patxi López, resultó insoportable y muchos lo recuerdan. Ella debería saber que las personas de izquierdas intuyen los sentimientos que se ocultan bajo el cinismo político, y los sufren mucho cuando duelen.

Tras perder aquellas primarias de manera humillante, Susana debió dimitir de Andalucía y ponerse a las órdenes de Pedro en un cargo ejecutivo de primera categoría, pero que no tuviera que pasar por las urnas. Lo que resiste en el subconsciente de muchos votantes socialistas es que quien hoy es presidente del Gobierno de España fue víctima de las intrigas de la Susana más maniobrera. En estas condiciones, el voto al PSOE andaluz aparece salpicado por la sombra de una traición y, además, se entrega a una líder que llevará para siempre el estigma de perdedora dibujado en la frente.

Además, un nuevo líder socialista en Andalucía habría facilitado que el PSOE resistiera mucho mejor en las urnas el marrón tan sucio de los ERE.

En democracia, la imprescindible renovación de los liderazgos solo puede funcionar mediante dos mecanismos, o la limitación legal de mandatos o la asunción de responsabilidades ante los fracasos. En ausencia de la primera opción, tras el 2 de diciembre Susana está condenada a dimitir, pues su continuidad es la primera incoherencia con sus propias palabras, cuando pide que nadie pacte con VOX. Además, se lo están diciendo desde Ferraz y ella, con sus declaraciones, insiste en derivar parte de la responsabilidad de la derrota hacia arriba, a pesar de que Sánchez es, de los cuatro principales, el líder estatal que menos se ha implicado en la campaña.  

Pero sí que es cierto que muchos votantes socialistas también han ignorado al PSOE de Sánchez. Durante años hemos escuchado demasiadas veces de los máximos dirigentes socialistas que lo que tenía que hacer el gobierno de Rajoy era política y no judicialización del conflicto con Catalunya como para que después, en el momento decisivo del 155, se olvidaran del argumento y pasaran a apoyar al PP y a Ciudadanos y, además, bajo la dirección de un Sánchez que había recuperado el liderazgo contra unos adversarios internos que le habían dado a la derecha no solo el gobierno, sino incluso la importante mayoría en la Mesa del Congreso.

A unas incoherencias que no las puede digerir el electorado socialista sin sufrir bajas importantes, se une el hecho incuestionable de que, casi seis meses después de alcanzar La Moncloa, el problema catalán no esté en vías de solución. Porque la gente, incluso la de izquierdas, quiere de sus líderes que resuelvan los problemas que desquician.

El consuelo que le queda al PSOE es pensar que la derrota en Andalucía está muy vinculada a Susana, y que no se repetirá en otras CC.AA. ni en los procesos electorales que vienen.

El muy preocupante voto oculto. Resulta deprimente constatar que, tras cuarenta años de democracia, el porcentaje de envilecimiento de las voluntades individuales es tal que conduce al fracaso de unas encuestas que resultan decisivas para que muchos electores tomen su decisión con el mayor conocimiento de causa posible. Esto debería llevar a los partidos que se autodenominan constitucionalistas a la conclusión de que millones de personas viven todavía con dificultades morales las tensiones políticas, hasta el punto de no ser capaces de dar su opinión sin miedo a un encuestador ocasional. Quizás es que son incapaces de creer que tal cosa ocurra o, lo que sería peor, algunos políticos han decidido que el miedo es la estrategia que les conviene y, aunque no puedan reconocerlo en público, para ellos el fin siempre ha justificado los medios.

En cualquier caso, ha vuelto a demostrarse la urgencia de acabar con la norma que impide publicar encuestas en la semana previa al día de las elecciones, pues de conocerse la tendencia creciente de VOX es probable que muchos electores de izquierdas hubieran acudido a votar, aunque solo fuera para derrotar ese peligro. Se trata, una más, de otra muestra de la falta de respeto de los políticos hacia la sociedad a la que se deben, a la que parece que consideran formada por personas a quienes conviene ocultar partes de la realidad. Como ejemplo, a las 20 horas del domingo electoral sonó como una bomba en todos los medios la publicación de la encuesta de ABC, obtenida de los sondeos realizados durante los últimos días, pero que no podían ser publicados. Adjudicaba a VOX entre ocho y diez diputados. Al final han sido doce.

La corrupción en el seno de la izquierda perjudica a la izquierda. Confundidos por las encuestas, notables tertulianos defendían que el caso de los ERE no le estaba pasando factura al PSOE. Yo mismo, sin tanto título, pensaba para mis adentros que el PSOE mantenía en Andalucía un modelo clientelar más propio del PP y que, como en ese caso, sus militantes estarían vacunados contra la enfermedad de la decencia hasta cinco minutos antes de la debacle final. Pues bien, todos errados, algo queda de limpio en ese electorado, y ello a pesar de que la corrupción que circula por el PSOE se parece muy poco a la organización criminal que es el PP, con montones de aforados para poder robar desde lo que parece una especie de “furgón blindado”.

A diferencia del PSOE, el retroceso de Podemos no es andaluz. Al menos, por lo que el CIS y otros institutos de opinión publican continuamente. No parece, además, que el voto oculto les haya afectado significativamente. En su caso, las encuestas previas a las elecciones se han aproximado bastante. Por último, y a la vista del endemoniado reparte de escaños, según cual sea la estrategia de Ciudadanos no resulta improbable que los diputados de Podemos tengan que enfrentarse a un dilema parecido al que tuvieron cuando la investidura fallida de Sánchez en marzo de 2016, con el apoyo de Rivera.

Dicen algunos que España, con VOX, ya se parece a Europa en lo de tener un partido parlamentario de ultra derecha. El problema es que aquí un partido de estas características trae a millones de memorias el peor de nuestros dramas colectivos. Además, su previsible avance incrementará la dificultad para formar gobiernos, pues no hay costumbre de llegar a acuerdos importantes entre los partidos que se supone defienden la democracia, pues resulta más probable que cada uno tenga su idea de democracia y no se parezca demasiado a las de los demás. Para cerrar el círculo vicioso, los vecinos europeos no confían demasiado en nuestra Justicia, la Monarquía está en cuestión y lo de Catalunya se complica cada día que pasa. Son los problemas que alimentan el odio las mentes de los ultraderechistas y, por tanto, se convierten en un peligro que crece cada día que pasa.

Vivimos uno de esos momentos históricos en los que son muchas más las preguntas que las repuestas. Quizás por eso debamos aprender a resistir la tentación de jugar con futuribles.

Que venga, pues, la próxima crisis, política, económica o social, o las tres juntas, y nos lleve a todos por delante.




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