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Dilluns, 19 de Novembre de 2018
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adrià - 3/11/2018

El peso del estigma, la historia universal de la pobreza

Anatole France escribía hace 100 años que la ley prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles o robar. En las actuales democracias de profundas desigualdades existe una ética de la legalidad donde la emancipación de los individuos es, como poco, dudosa. La Ley no es igual para todos y menos para todas.

La culpa del pobre es muy antigua. Con el advenimiento del protestantismo, la pobreza pasó a ser el instrumento con el que Dios castigaba a algunos para justificar las diferencias sociales. De la limosna católica a un peligro para el calvinismo. Un tiempo donde el cambio en los sistemas de producción provocaron una migración tan desesperada que parió una moderna esclavitud: la miseria; una fuente de explotación donde unos pudieron ser jornaleros y los que no, acababan siendo vagabundos, borrachos o asesinos. El pobre lo era porque no quería trabajar, se volvía arrogante y había que castigarlo.

Pero la crisis no sentó mal a todo el mundo, la privatización de las tierras públicas en manos de unos pocos –incluida la iglesia- , la lucha entre los que competían por trabajar, el miedo a lo distinto, la desaparición de los valores solidarios de la sabiduría rural… La revolución moderna no liberó al hombre de la esclavitud sino que creó nuevos artilugios sofisticando el monopolio de la violencia. Una determinación asesina transitoria, un estadio inevitable en el camino hacia la verdadera justicia que algún día llegaría, cuando el mundo se hubiera librado de todos los que obstaculizan un radiante y hermoso porvenir. La incipiente democracia y el capitalismo cristalizarán las relaciones de fuerza, una nueva autoridad que desbancará el simbolismo religioso. Los nuevos tiempos traen nuevas patologías del poder y los sueños de la razón engendran monstruos que con las mejores intenciones desencadenan delirios horrorosos, totalitarismos implacables sobre los humanos más singulares, un nuevo orden en el que los empresarios también se convierten en gobernantes.

 Cuando la economía en los países ricos se estanca o retrocede, se busca a los culpables de que los demás no tengan trabajo. Los poderes económicos son verdaderos feudos que se reparten el mundo y nuestras vidas, los “mercados” tienen más poder que el que jamás tuvieron los nobles o los reyes; un feudalismo mucho más cruel y arbitrario que el del medievo, donde un solo rumor puede hundir un país, conmover la economía mundial y hacer temblar de hambre a su población con lemas como “el consumo y el nivel de vida”, “la eficiencia y la productividad” e incluso “patria y libertad”.  El Fmi documentó que en el año 2017 los ricos ganaron más que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Las desigualdades poco tienen que ver con la predisposición moral, benigna o perversa, de los que dependen de otros para vivir, y entonces las estrategias se convierten en una trágica comedia humana con métodos de esperanzas rotas, cada vez con menos posibilidades de ilusionar. Cuando la economía en los países ricos prospera, los pobres son los únicos culpables de su propia pobreza y ese orden imperante no se cuestiona sino que perpetúa los beneficios. La Justicia que debiera ser igual para todos brilla por su ausencia debido a los complejos ejercicios de ingeniería que aparecen cuando se encuentra implicado algún miembro destacado de entre los prestidigitadores, falseadores de ideas y saqueadores del bolsillo de los de abajo. Es el darvinismo social que sugiere que el precio que puede tener la vida de un hombre puede ser ninguno y de que hay seres vivos que sólo están destinados a servir de pasto a otros seres vivos.

Mientras tanto, en el exterior, calladas, decepcionadas y olvidadas, malviven las víctimas que se encuentran en la disyuntiva de defender las propias ideas bien con la práctica, bien en silencio, o mirando para otro lado, o bien encomendándose  a un juego de dados, por aquello de que el azar sería lo menos erróneo.




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