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Divendres, 22 de Març de 2019
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Francesc Reina Peral, pedagog - Sant Adrià - 29/9/2018

La escoria del mundo

La escoria es aquello que se queda en el fondo de la olla, un residuo que hay que restregar con estropajo. En el mundo antiguo –y en éste- se usaba en sentido metafórico para describir a criminales de la más baja ralea para ofrecerlos como sacrificios humanos. Para aplacar a las falsas deidades se buscaba a alguien entre la escoria de la sociedad, un mugriento al que no se echaría de menos y que de todas maneras tarde o temprano sucumbiría.

Somos la escoria del mundo decía Pablo de Tarso a los Corintios. Alegoría vergonzosa de los lazos de una madre patria sin ninguna frontera: burbuja del ladrillo, políticas que miran hacia otra parte, subida irracional de la vivienda -que ya no es un derecho-, dinero que se compra a interés 0, bancos rescatados con miles de pisos...

La desilusión positiva trata de no creer en nada y esperar aún menos de este capitalismo mágico, por esta razón el mundo no les quiere, porque van contra corriente. La población sin hogar sigue siendo calificada de marginal por una sociedad que desconoce el mundo de los asuntos internos, esa pandemia que aceptamos que avance, un grupo de gamberros potenciada, sin duda, por su elevado poder político y el poder adquisitivo de sus influencias. Sin embargo, las penalidades de la gente sencilla son las que siguen acabando en la cárcel, un retrato despiadado y a la vez misericordioso de las flaquezas y caídas humanas con epitafio incluido a cuestas, mostrando pobrezas, pecados y horrores que revelan el temblor acre de sus almas, el fulminante latigazo que golpean con el corazón. La esperanza para los desamparados, esos feos despelucados, consiste en darles unos golpes de ánimo en el hombro y esperar días y días junto a un árbol confiando que lleguen luciérnagas para bombardear al miedo del abandono. La pobreza sigue mostrándonos un rostro de infamia; puede que aquí no sea hambre pero si es dolor. Habrá que seguir moviendo los silencios para tal cantidad y calidad de embustes de aquellos troleros, e insistir a la gente común que no se crea tan fácilmente las grandes mentiras, aunque disfruten de tanta difusión.

Contra un ejército de poderosos no hay mediación posible; o todo o nada. Y esa masa de esclavos: obreros, pistoleros, transporters que encuentran un trabajo algo más rentable del que pueden intentar buscarse en otro sitio, siguen teniendo igualmente los dos pies plantados en la miseria,  perpetuando un sistema de explotación y enriquecimiento en beneficio de unos pocos.

 Aunque nos sintamos morir a cada frustración de logros o de afectos, morimos muchas veces antes de morir, tal vez nos imaginemos inmortales, como dice Philippe Ariès. En el juego de la culpa siempre pierden los más débiles, pero, y a pesar de todo, las plataformas contra los desahucios han conseguido reducir el 75% de lanzamientos en un año, escuchando preguntas y recuperando palabras.




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