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Divendres, 22 de Març de 2019
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Francesc Reina Peral, pedagogo - Sant Adrià - 24/8/2018

Tiempos Difíciles

La Vergüenza es una película de Ingmar Bergman que retrata la vida de personas a la deriva que han dejado el lugar donde viven porque allí se les han cerrado todas las puertas. Hombres y mujeres que tal vez busquen el infierno en otra parte. Las prácticas más exterminadoras se pasean por nuestro mar, impotente ante el sudor abatido. Viajes de vida y de muerte donde, como decía  Dickens, no hay ningún cielo que ganar pues no está hecho para ellos. Warren Buffet, una de las personas más poderosas del mundo, confesaba hace algún tiempo que la clase social más rica estaba ganando de nuevo la contienda de la globalización.

Las migraciones a lo largo de la historia ponen de manifiesto que existe un paralelismo entre las experiencias vividas en  los siglos pasados y las que viven los protagonistas actuales. Las sensaciones, las percepciones, los sentimientos, son mensajes que el gran cineasta tomó desde el lugar de origen para acompañarlos al sitio de recepción. Es esa imagen que pasa por  ver la tierra como lugar de castigo y deportación, para intuir un paraje de promesas y lleno de esperanzas.

Lo cierto es que nos rehacemos continuamente a pesar de la pobre gente que, como en las guerras, no retorna y se queda por los caminos. No hay cultura que no sea precedida de barbarie decía Walter Benjamin, al igual que las lenguas han sido perversas cuando han servido a los imperios y se han impuesto por la fuerza.  Reconocerlo es humanizar a las que han sido violentamente silenciadas. Concienciar sobre los silencios provocados es educar en la esencia, eso se sabe en la sala de máquinas de las estrategias –ni siquiera ideología- y es ahí donde las ideas se movilizan para decir y hacer una cosa o todo lo contrario.

El mundo de los colores no es fácil de apreciar. Se trata de una mirada de largo horizonte, de honda contemplación que espera lo nuevo; abrir los ojos a lo que está por venir, a lo que nos rodea, la manera de entender un mundo, tan difícil de entender, que se convierte en la propia historia de la humanidad. Es ahí donde el concepto de límite hace que El Paraíso se transforme en una nostalgia tozuda al servicio de diferentes intereses políticos y mercantiles.

Es cierto que los relatos de palabras amables y tiernas pueden esconder manipulación, porque en el mundo globalizado la información nos permite compartir fácilmente imágenes, ideas y realidades ajenas. Pero la responsabilidad social radica en trazar puentes de conocimiento a uno y otro lado de nuestro mediterráneo, situándolo en un ente conformador de realidades más allá de conjeturas blasfemas.




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