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Dimecres, 19 de Setembre de 2018
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Francesc Reina Pearl. Pedagogo - Sant Adrià - 16/7/2018

Fuentes turbias: el trabajo vergonzoso

Cuando el viejo Bauman  advirtió sobre la alta probabilidad de que las clases medias pudieran caer en la pobreza, nadie le daba crédito. Sin embargo no tardó en llegar esa angustia agobiante que los resortes de la globalización neoliberal quisieron ocultar para hacer ridícula su afirmación. Donde sí atinaron los indicadores es en la mejora sustancial de las clases poderosas, un abismo entre las rentas muy elevadas y aquellas extraordinariamente modestas, es decir: se extreman las diferencias sociales, o, dicho de otra manera, cada vez hay más personas y hogares por debajo del umbral de pobreza. 

No pocas veces se ha denunciado la situación del llamado empleo basura; trabajos explotadores, mal remunerados, que exceden las horas legales, con coberturas sanitarias inadecuadas, con precarios derechos laborales a los que acogerse…  Pero cuestionar el trabajo en tiempos de crisis parece un gran disparate, al menos eso es lo que se nos dice. La impunidad del saqueo y de la especulación de unos contrasta con los sectores más humildes. Hubo un tiempo que a los pobres se les colgaba… Se vieron obligados a quebrar la indolencia de los trabajadores desde su nacimiento con una suerte de trasferencia social y biológica que consistió en incrustar en las mentes de las personas normales, doctrinas económicas, jurídicas y morales para reprimir los pecados nacidos de la necesidad  con la violencia como hábito común y así dejarla registrada en la memoria colectiva. 

David Graeber, escribe en su libro Deuda, que muchos empleos hoy son esencialmente inútiles, que no deberían de existir. Un trabajo vergonzoso es un empleo tan innecesario que incluso la persona que lo está ejerciendo así lo cree. Parece que proliferan más que nunca. La burocracia en el sector administrativo, los llamados mandos intermedios, la zona de confort bancaria… Gente que está ahí para dar a la gente trabajo que no es necesario, o para supervisar a la gente que no necesita supervisión. Le pides a alguien que llame a alguien para que a su vez llame a alguno, y así van ya tres empresas diferentes. Un sistema ineficaz creado con material público - privado, que supuestamente hace las cosas más eficientes.  Eso sí, son personajes tratados con dignidad y respeto, cobran bien, tienen buenas prestaciones; cuando hay quejas forman una comisión de investigación, fingen que no sabían lo que estaba sucediendo, aparentan que van a hacer algo sobre ello, reciben elogios por la cantidad de personal que despiden, que reducen, y a la que meten prisa. Sólo están ahí para lucirse.

Todo esto acaba desmoralizando. Hay depresión, ansiedad,  esas enfermedades  psicosomáticas que incluso empeoran por el hecho de que no se comprende qué motivos tenemos para andar tan disgustadas.

En el taller de las ciudades, donde antes hubo suburbios, las historias vividas desde abajo y que tanto ha costado levantarlas, muestran con dramática claridad la comedia humana de los que no llegan, mientras se sigue justificando que el trabajo es y debe ser penoso pues es un castigo de Dios que infringió a los hombres. Las mujeres lo tienen aún peor, un montón de tareas cuya meta es no hacer daño a nadie, sino todo lo contrario, cuidarnos.  Las mujeres que limpian baños tienen al menos la dignidad de saber que están haciendo algo beneficioso para los demás.

Detrás de todo se mueven esas ocupaciones para fantoches, para que se sientan bien con ellos mismos. Se sabe quiénes son y por dónde andan, aunque no se les ve. Los pocos que los distinguen, son los encargados de ponerlos ahí.




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