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Diumenge, 23 de Setembre de 2018
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Francesc Reina Peral, pedagogo. - - 28/5/2018

La teoría del martillo

Quien habla mal piensa mal… Esta sentencia argumenta una ley de la psicopedagogía que plantea que el pensamiento es un ente vital que permite la convivencia humana. Pensar, sea de la forma que sea, nos conduce irremediablemente a actuar. Esa es la cuestión: hacemos según pensamos. Pero también pensamos según miramos. Por eso hay quien nos previene sobre las deformaciones, ese exceso por observar las cosas de una única manera sin tener en cuenta otras formas de comprensión. La mirada es una operación biológica como lo es la respiración. Que existan diferentes maneras de ver no es malo, pues es la realidad que nos toca, lo malo son las malas miradas. Maslow advirtió que cuando la única herramienta disponible es un martillo, todo problema comienza a parecerse a un clavo, y eso no es bueno. Aferrarse a una única idea es la trampa del pensamiento egoísta y es fácil que nos conduzca al error. Hace falta más de una herramienta para crecer; la flexibilidad y el matiz son muy necesarios para resolver problemas y, de vez en cuando, incluso será aconsejable cambiar el ángulo de visión.

Para tener la razón hace falta un requisito imprescindible y es que casi todo el mundo esté de acuerdo con lo expuesto. Por eso es tan difícil que exista una verdad común. Por ejemplo, habrá consenso por aceptar que la acumulación de riqueza se alimenta, asiduamente, de la pobreza y de los bajos salarios? Antes se aceptaba como una “injusticia” esa situación de partida: una clase social rebajada a ser la gran víctima en los momentos más críticos. Pero todo cambia, y ahora, mientras se oculta la posición de clase, se pretende con ahínco, que todo pase a ser fruto de la responsabilidad personal y es entonces cuando cada uno echamos las culpas de lo que sucede a los demás, una patología de la fraternidad muy alentada por algunos: lo peor son los despreciables, aquellos que no se han esforzado lo suficiente, los “invisibles”, los “inútiles”, los “insolventes”, los “sobrantes”... Dedicar recursos a los que no aprenden ni quieren aprender es inútil… La prescindibilidad sigue ascendiendo en la escala humana gracias a la particular percepción de un sector social.

Lamentablemente en nuestro contexto social se sigue dando la máxima credibilidad a quienes sustentan el éxito basado en los cánones del triunfo que diseñaron los poderosos, como a los banqueros. A pesar de todo, hay gente sencilla que comprende ciertas situaciones casi mejor que esos “excelentes”, y no porque tengan poder alguno, sino porque pueden intuir la clase de mundo en que vivimos, como las pensionistas.

Es una cuestión de miradas. Volviendo a lo anterior, la pobreza infantil es la causa principal del fracaso y del abandono escolar. Es ahí mismo donde tanto la sociedad como sus instituciones deberían poner su punto de mira y no focalizarse tanto en el rendimiento per se. Nos encontramos a la cola de los colegas europeos tanto en índices históricos de pobreza como en cuánto afecta esta situación a los jóvenes de nuestro país. Un aspecto destacable por penoso, es cómo esa infancia y adolescencia interioriza la marginación y se apropia de una etiqueta que le ha sido injustamente impuesta. Todo contrasta con los criterios pedagógicos que se aplican en los centros de excelencia para las minorías de élite, donde resulta fundamental propiciar un entorno favorable de motivación para el éxito; todo lo contrario a esa transmisión intergeneracional de exclusión que apunta varias razones sobre el callejón sin salida de millones de personas. Realmente los obstáculos orbitan sobre un proceso de descalificación, como comenta Manel Castells, una problemática compleja donde se podría admitir una regresión de los derechos humanos.

Hubo una época ya pasada donde se conseguían éxitos a base de movilizaciones y donde se demostraba cómo la gente confiaba unos en otros. Si, las miradas buenas deben esforzarse hasta la saciedad en buscar la aprobación general, como esa que afirma, que los enemigos de los pobres no son los ricos, sino los miserables.

 




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