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Dimecres, 21 de Novembre de 2018
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Francesc Reina Peral, pedagogo social - - 23/4/2018

Cuando todo se rompe

La premio Cervantes Dulce María Loynaz dejó huella con Últimos días de una casa. En ese poema habla de un silencio de agua sorda que cubre las paredes cuando se queda sola una vivienda en medio del alboroto. Una casa es más que un montón de piedras, no es sólo un techo, es un alma que cuando se precinta se queda desangelada. Nos une al hogar cierto ensayo de felicidad entre varios olores; por la misma razón el peregrino se pega a una concha. Hay quien dice que quienes están obligadas a abandonarlo todo, esas gentes que han de emigrar, que huyen o las echan, sufren el mal de ausencia, pierden la dignidad y olvidan los colores, como si se tratara de un daltonismo social. Algo se quiebra y se nos muere cuando hay que dejar la morada, da igual la edad que tengas, comienzas a envejecer. Miras a todas partes y se van levantando muros de cemento. El cielo también se suma a esa barbaridad, se vuelve una pared recortada llena de dudas, tal vez por eso en las iglesias se deshojan caminos hacia el paraíso.

Cuando las lágrimas cuajan la pena se hace aún más larga y duelen los tirones. Las manchas que quedan en las paredes son cicatrices que creímos desaparecidas y ahora salen para mostrar nuestras vergüenzas. En la acera se van amontonando encima del sofá, la vajilla que ni siquiera se estrenó, los retratos de parientes, un par de maletas, las mantas para el frío y ese espejo de salón que rebota las miradas de los paseantes que se acercan con algo de ternura –supongo- Otros pondrán cara de haber visto a un muerto. Ironías de la vida, aún se te ocurre pensar que a aquella ventana le toca un repaso de pintura.

Cuesta entender cómo se ha pegado en nuestra cultura (como una lapa) eso de que las injusticias son cosa del destino. La solidaridad se siente algo enferma, la humedad le ha abierto las carnes porque la indignación no salva vidas y ahora, para colmo, circula un negocio en la ayuda de quienes están muy lejos.

Existen distintos silencios, el silencio del polvo que empaña los ojos y no deja ver, el de los relojes que no suenan y se derraman en el suelo o en la mesa, el silencio de las horas que corren en los pasillos del banco o de la administración, esos dos artefactos que sirven para hacer ver que se está haciendo algo. Me dice Luís de una plataforma de afectadas, que la mayoría de los desahuciados no protestan. Parece que sólo sabemos ser víctimas o verdugos, y aunque la pobreza se sigue cebando con las poblaciones más débiles, se sigue justificando el fracaso institucional.

El estallido más desnudo de los sentimientos es cuando los medidores de la justicia se acercan pisando todo lo que vinieron a cerrar. Quedarse sin casa ya no es sólo cosa de los excluidos de siempre. Se está sufriendo una nueva pobreza que se incubó con la crisis del 2007 y que tuvo como consecuencia la contención de salarios y otras reformas laborales que hicieron perder derechos, sobre todo a mujeres y jóvenes y que van arrojando a la calle -si nuestros viejos no lo remedian- un número considerable de familias con la paradoja de que el aumento de la precariedad contrasta con un sistema de protección muy debilitado y de una próspera empresa privada que se lucra con recursos que antes fueron públicos. Recuerdo entonces los versos de Luis Cernuda: “amargos son los días de la vida, viviendo sólo una larga espera a fuerza de recuerdos”, y entonces me voy con Paco, Román y Pepín… A ellos se les rompió todo hace mucho, y ahí siguen, en la cuneta; echados a lo ancho y a lo largo, tienen todo lo que necesitan a pesar de que los han vuelto a desalojar. Entonces pienso que no todo es lo mismo, pero que es casi igual.

 




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