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miércoles, octubre 27, 2021
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Tiempo de metáforas

Carlo Ginzburg, estudioso de la cultura del olvido, se propuso descubrir los senderos recónditos de la sociedad recogiendo las vivencias allá donde los problemas se explican; la crueldad de la distancia entre las grandes proclamas y la realidad de los hechos: un universo humilde donde resuenan las tripas de la nevera, la vida de una madre con sus hijos en una habitación alquilada de 4 metros cuadrados, la niña de 8 años con las llaves de casa todo el día en el bolsillo, sola, comprando, jugando, estudiando, hasta que llegan bien entrada la noche.

El nobel francés Jean-Marie Le Clézio ha escrito, recientemente, que la forma en que nos comunicamos es un fiel reflejo de nuestra mirada. El imperio de las metáforas fue la tesis de George Lakoff, él nos sugirió vigilar el ámbito de los símbolos pues, decía, ejercen un gran dominio sobre la imaginación y nuestras conductas: «quien sabe asociar una determinada figura a un comportamiento, tiene mucho ganado en el abuso a la gente «.

La metáfora es una herramienta muy potente que ayuda a conformar nuestra manera de vivir el mundo. Puede manipular emociones y, también, ideas; es un mecanismo que tenemos desde la infancia y que nos induce a entender lo que nos rodea con su impacto inevitable, regulando la realidad: nos orienta, nos confunde, nos cuenta, nos afecta, hasta que la perdemos de vista porque se ha ido de lo aparente, queda en el inconsciente cognitivo como indica Manuel Froufe. A veces son golpes de ladrillo que producen moratones en el cerebro, duelen cuando son trucos mentales para guiar la toma de decisiones, cuando dibujan una juventud bárbara, ignorante, apática; cuando machacan las poblaciones suburbiales pobres hablando de sus múltiples problemáticas, su adicción a las drogas, la violencia, el robo, el embarazo de adolescentes … Diferentes colectivos sufren esta agresión estigmatizada: día negro, marea negra , mercado negro … También en la diversidad sexual, también hacia otras etnias, contra otras lenguas. Es el up-down, lo positivo está arriba, lo negativo abajo. La  incapacidad de sostenerse, la sumisión, el abandono, la fragilidad emocional, la depresión, lo enfermizo, lo inmoral y sucio. Las vulnerables, náufragas que no tocan tierra firme. Alegorías que son jarros de agua fría, preceden perversamente la ruptura de los vínculos sociales.

Es más que una cuestión de lenguaje, es la capacidad para imponer una determinada percepción que incide en las reacciones de rechazo como lo hace el insulto. Es el Panóptico de los que esperan su parte del pastel, la autoridad «terapéutica» del paternalismo que se aprovecha del sufrimiento de las víctimas cambiando las «guerras» por «conflictos armados», «el despido» por «un ajuste de plantilla”.

Nuestro criterio no puede estar basado en un mecanismo autómata, necesitamos ser conscientes de que se trata de una gran herramienta política para limitar el pensamiento, para vigilar eso que dicen: que la culpa es del otro. El abuso de las palabras debería ser cambiado por la decencia y la honestidad. Demasiados aplausos para tan pocos derechos. Ojalá que la experiencia común del hartazgo haga más ruido en las urnas, porque la libertad, más que un eslogan político, es un grito de esperanza, una fuerza elástica para recuperar el estado de equilibrio natural, es decir: resistirse al interés de algunos por la deformación.

La mentira y el sufrimiento son un magnífico dueto donde el inspirado concertino mueve las caderas ante un consumo caprichoso que cotiza muy fuerte en el mercado. «Y este dolor que añora o desconfía, el temblor de una lágrima reprime», escribió Antonio Machado.

Francesc Reina

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