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Sant Adrià de Besòs
martes, marzo 9, 2021

Patrimonio para la decencia

La falta de prevención deja muy dañada nuestra supuesta inteligencia. Apunta a una sociedad lisiada y asfixiada.  Es muy sencillo dar dinero desde economías solventes para compensar los desastres que a menudo han ocasionado esas mismas haciendas;  pero es mucho más difícil alertar de las catástrofes. A pesar de todo, no hay nada más lúcido y necesario que sembrar sombras para que no se nos queme la piel. Estamos demasiado acostumbrados a que sea la gran pantalla la que nos proporciona la verdad de las cosas, pero los discursos oficiales no son siempre reales, sus lenguajes binarios simplifican las certezas, las camuflan, las fragmentan.

El árbol es el obrador de todos los libros, la tabla de este naufragio, es su cuidado. Las gentes del campo lo saben. Poco hay tan cierto y veraz como las sombras, no sobra ni una. En la huella de lo humano asoma la metodología del arte, como un bálsamo que toma tierra: es la ética y poética del paisaje, como dice Joaquín Araujo. Tras la apertura de las bibliotecas, las librerías volverán a abrir unas horas estos próximos días, son nuestras farmacias de la ingenuidad y tal vez de la ignorancia.

De mayor quisiera ser un niño y volver a sentirme atraído por el paisaje de colores que deja el rastro de sus cuadernos. Volver a mirar con manos curiosas tentando errores y atrayendo buenas ideas. Volver a las amistades con las que, abajo del todo, pegaditas al suelo, compartíamos dibujos, pelotas, animales y formas que saltaban. Descubro que con todo ese material, transformamos una realidad a veces aburrida, construimos una historia que fue eco de voces que se acercaron a la belleza, escapados a mundos asombrosos hechos de equivocaciones y aciertos. La sencilla expresión de posar los labios en sus tapas esconde un enjambre de besos: enamorados, fraternales, maternales, paternales; besos robados, no dados, encontrados, besos de despedida, de amparo. Todo tipo de besos.

Asumir que la escritura virtuosa es un juego travieso, rebelde, que habla de gentes y cosas con la boca abierta, nos invita a un paseo inventando aventuras, una historia que esboza misterio, ternura, peligrosos abismos, y seres queridos. Entre sus páginas se revisa el pasado, la emoción y la búsqueda tejida con palabras escritas que se dan la vuelta para que las rasguemos, las acariciemos, para que las empujemos. En estos días de catálogos y deseos, de sueños y esfuerzos,  en estos días de cartas y correos electrónicos, llegan los creadores del alivio avisando que bajo el frescor de sus ramas está el remedio para la fiebre de la arrogancia tecnológica, esa que agrede a este mundo que se vuelve loco, con los pies perdidos en suelos cada vez más desnudos, un laberinto de trampas que agranda el abismo entre el primer problema y su solución.

Desde el rincón de la estantería las letras bailan, nos permiten ajustar cuentas con el pasado, asomarnos a la memoria con sensibilidad  para pensar en la magia del porvenir, pero también para darle la vuelta a lo imposible: porque tener perspectiva lo arregla casi todo: el dolor, el drama, la tristeza, el vacío, la soledad y hasta la escasez de sentido.

Francesc Reina

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