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lunes, diciembre 6, 2021
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Malpaís

El volcán Tambora vomitó sus entrañas en abril de 1815. El azufre planchó a mil grados de temperatura pueblos enteros. La erupción más grande de la civilización humana (de 20.000 años hasta ahora). Eclipsó la luz, provocó lluvias torrenciales, temperaturas muy bajas: heladas, nieve. Una epidemia de tifus afectó el sureste de Europa. Durante varios años se arruinaron miles de cosechas, no pudo sembrar cereales; el precio de los alimentos aumentó hasta  tal punto que se generaron disturbios, incendios y saqueos.

La escritora Mary Shelley  parió a su monstruo durante los meses tormentosos de un hecho que dejó a medio mundo sin verano. Su Frankenstein es una representación variable de los miedos que nos acechan cuando nos aborrecen o nos desprecian. El monstruo es un personaje trágico, víctima de rechazos tras su deseo de encontrar a alguien que lo acepte.

Algunas criaturas aprenden sucias lecciones a través de inhumanos que cocinan los enfrentamientos jugando con las desgracias, que inventan enemigos y siembran odios con palabras feas. Aprovechan el espectáculo porque, como decía Guy Debord, el show cumple la función equivalente a la religión apocalíptica que se daba (y se sigue dando) en ámbitos oscuros propios de la edad media. Tales escenarios, politizados, llevan a cierta gente a un paso de convertirse en la mano vengadora que destruye lo que encuentra a su paso; como en esas protestas, con o sin ideología, desenfocadas, desorientadas, que acaban generando actos vandálicos y otros frentes violentos. Eso no es obra de chiquillos, sino de comunidades hostiles (e indiferentes) que se nutren de la frustración y la triste salud de un mundo limitado que busca el castigo como alivio.

En la isla de la Palma el movimiento ecologista denunció en 2019: “la negligencia política y la incapacidad técnica en la gestión de sus residuos y vertidos ilegales, es motivo de vergüenza para una isla que es Reserva de la Biosfera”.

La historia de la naturaleza prosigue por mucho que le pidamos permiso, por mucho que el egoísmo de algunos siga apresurando catástrofes. Una vida tan huérfana de sentido, como dice Joaquín Araujo. Voces expertas informan que hay un 33% de probabilidades de que se produzca un acontecimiento como aquel a lo largo de nuestro siglo. Se comenta que algunos se deben al azar; pero hay datos que hablan de estudios recientes que pasaron desapercibidos por ser la pandemia una prioridad que ocupó la mayor atención. Una conclusión para estos graves sucesos  es que se necesita una vigilancia de más largo plazo, y mayor prevención, que sigue siendo la solución (en los incendios de boques se ha vuelto a demostrar) por mucha sostenibilidad.   

Sin rayos y sin camino, la tierra helada oscila ciega oscureciéndose en el aire sin luna; un verso de Lord Byron, en su poema “Oscuridad”, a propósito del Tambora.

Francesc Reina

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