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miércoles, octubre 27, 2021
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La risa compartida

Normalmente las noticias de un acto generoso  suelen tener –de ser así –  un pequeño rincón en el espectáculo televisivo o radiofónico, incluso mucho menor que el de los sucesos escabrosos. Hemos asistido en los juegos Olímpicos a detalles humanos que honran nuestra especie. En el salto de altura dos deportistas decidieron compartir la medalla y dejar de competir para no acabar uno detrás del otro.

El pensamiento político presente, asesorado fundamentalmente por las ciencias económicas, moldea la sociedad sobre la base de la lucha perpetua. Mantiene su arrogancia al creer que podemos tratar a nuestro  antojo, de que la humanidad nunca dejará de pelear y que la libertad individual tiene prioridad sobre la comunitaria. Aquellos que anteponen la autonomía por encima de todo suelen contemplar los intereses colectivos como una idea romántica; a esa actitud se la reconoce como el «yo primero». Para cerrar el círculo, los juristas rubrican con sus legados esa participación tan particular que sustentan durante siglos.

Pero por poco que se despisten, surgen las lecciones de la naturaleza que nos hablan de una sociedad más justa y solidaria (como escribe Frans de Waal en aquel libro que te regalé: “El último abrazo”). Los seres humanos somos animales grupales: altamente cooperativos, sensibles a la injusticia, y aunque demasiadas  veces beligerantes, su  perspectiva es, principalmente, amar: la dependencia mutua, la conexión y la supresión de las disputas tanto internas como externas. Por mucho que les pese a algunos, la cooperación es algo corriente, la ayuda mutua es un estándar en las teorías evolutivas. La sincronía es la manera más antigua de adaptar la conducta propia a la ajena porque se asienta en la capacidad de ponerse en la piel ajena y hacernos  propios sus movimientos para comprenderlos.

El homicidio y la guerra no sólo se mueven por el instinto de agredir (esa es la engañosa metáfora, las dos almas que tienen las cosas: Iberdrola, Endesa, Repsol, Caixabank…). Tiene que ver más con el beneficio del poder, modelos económicos que no tienen en cuenta el sentido humano de la equidad, que ignoran las emociones humanas en general;  imaginan un mundo regido por fuerzas mercantiles y electorales, una minoría que actúa de manera egoísta y se aprovecha del semejante sin inmutarse lo más mínimo.

Las personas no podemos vivir a fuerza de competencia bajo el lema de “la supervivencia del más apto”.  La empatía es el proceso por el que la compasión refleja la preocupación por los demás y el deseo de mejorar las situaciones. Se rige por mecanismos de control diferentes, por eso molesta tanto.

Los seres humanos empatizamos desde el primer día de nuestras vidas con tendencias socialmente positivas. Tomar partido por el más débil es el límite que sobrepasa el alcance de cualquier reajuste basado en el interés propio.

Francesc Reina

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